Necrológicas

Buenos Aires; Borges, algo de Piazzolla y un poco de Cerati. Segunda parte

Por Marino Muñoz Aguero Domingo 12 de Noviembre del 2023
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Jorge Luis Borges quedó definitivamente ciego a los 55 años, todo lo que escribió después fue sobre una ciudad que seguía mutando, pero a sus ojos estaba relativamente vedada, lo cual también es opinable, pues era -como señala su sobrino Miguel de Torre- un caminador que recorría grandes distancias. Agreguemos que, según el mismo Borges, todo lo que escribiría después de “Fervor de Buenos Aires” encontraba en ese texto sus raíces.

Emprendía sus caminatas en compañía de Adolfo Bioy Casares, Ulyses Petit de Murat, Silvina Ocampo, María Esther Vásquez, Alfonso Reyes y otras y otros. Podían llegar desde su departamento cercano a la Plaza San Martín hasta Puente Alsina, ida y vuelta; una distancia equivalente a la de Punta Arenas – Río Seco. Cuando trabajaba en la Biblioteca Nacional en San Telmo, cubría diariamente mañana y tarde a pie el recorrido desde y hacia su casa, un total de sesenta cuadras diarias. Indudablemente en esos recorridos, si bien no veía; escuchaba, olía, palpaba, degustaba y conversaba, por lo cual, la ceguera constituía un obstáculo, pero no un impedimento para conocer Buenos Aires.   

El tango -generalmente- también nos cuenta historias a destiempo, hay nostalgia y mito. Algunas esquinas de tango como “San Juan y Boedo” o “Corrientes y Esmeralda” siguen allí, como también fueron realidad “El Bulín de la calle Ayacucho” o el “Cuartito azul”, pero nunca existió el 348 en la Calle Corrientes, la situación que nos ilustra “A media luz” ocurrió en Montevideo, pero había que acomodar la letra a la melodía; con posterioridad y para el turismo se instaló la numeración señalada en la Avenida Corrientes. La calle “Caminito” era un antiguo pasaje que fue bautizado en 1950 y hoy es sitio de atracción turística, sin embargo, la letra del tango al que se supone sirve de inspiración data de 1903 y recrea una historia de la provincia de La Rioja. 

En esta materia es Homero Manzi con música de Aníbal Troilo “Pichuco” en el tango “Sur” (1948) quien nos da cuenta que ya nada existe: “Nostalgias de las cosas que han pasado/ Arena que la vida se llevó/ Pesadumbre de barrios que han cambiado/ Y amargura del sueño que murió”.

Ya dijimos que algunos “sitios de tango” permanecen, pero ya no está “el farolito de la calle en que nací”, como tampoco el cabaret “Marabú” ni el “Tibidabo” donde actuaban los grandes del ’30 y del ’40, ni siquiera “Caño 14” propiedad del tanguero Atilio Stampone y que alcanzamos a visitar en 1987 en su local de Talcahuano 975, una calle bautizada en honor a nuestro Talcahuano, donde está ubicada la Corte Suprema y la Plaza Lavalle y que corre paralela a la Avenida Nueve de Julio, teniendo de por medio sólo la calle Libertad. Con este panorama, ni pensar en “El Trianón“ de Villa Crespo, desparecido hace décadas, poco después de cobrar celebridad a partir del tango “Muñeca brava” de Enrique Cadícamo: “Sos un biscuit de pestañas muy arqueadas…Muñeca brava bien cotizada/ Sós del Trianón…del Trianón de Villa Crespo…Ché vampiresa, juguete de ocasión…”.  

Piazzolla en algunos casos con la ayuda del poeta Horacio Ferrer crea un Buenos Aires contemporáneo de los años sesenta y setenta: “Salgamos a volar querida mía subíte a mi ilusión súper sport…” o “Moriré en Buenos Aires, será de madrugada/ Que es la hora en que mueren los que saben morir…”. Piazzolla aparte de la renovación musical se rebela contra esa eterna nostalgia del tango y las emprende con una lírica conforme a la época. En el plano meramente instrumental su suite “Las cuatro estaciones porteñas” es por definición “Música de Buenos Aires”, categoría o categorización para toda la producción de Piazzolla, en especial para quienes no saben donde encasillarla.

Continuará…