Necrológicas

Guardia del Palacio de la Moneda

Domingo 3 de Mayo del 2026

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  • El autor de este artículo rememora sus turnos
    y funciones en la Casa de Gobierno.

 

Mario Isidro Moreno

 

La historia nos cuenta que, bajo la administración del Gobernador del Reino de Chile, Manuel Amat y Juniet, el 22 de octubre de 1758, se organizó la primera Compañía de Policía, integrada por 2 sargentos, 3 cabos, 1 tambor y 44 soldados. Entre sus funciones más importantes estaba realizar patrullajes diurnos y nocturnos por la cuidad, montar guardia en el Palacio de Gobierno, y custodiar al Gobernador.

Si bien el cuerpo oficial de Carabineros surgió en las primeras décadas del siglo XX, en 1851, bajo el gobierno de Manuel Bulnes Prieto, primer Presidente que vivió en la antigua Real Casa de Moneda, nació el “Cuerpo de Ciudadanos Armados o Guardia de Santiago” cuya principal función era resguardar los edificios públicos, en especial el Palacio de Gobierno. Pese a que cumplía un rol distinto, es posible interpretar que dicho grupo constituye el primer antecedente de la actual Guardia de Palacio, encargada también de la seguridad de las autoridades.

La Guardia de Palacio, con esta denominación, surge en 1908, en paralelo a la creación de la Escuela de Carabineros de Chile. Estos funcionarios pertenecientes a la policía, eran alternados en sus funciones con la Escuela de Caballería y Telecomunicaciones, Regimiento Buin y Cazadores. En el año 1927 la Guardia se separó definitivamente del Ejército y en el año 1932 pasó a formar parte de Carabineros de Chile, institución donde sus integrantes reciben su formación inicial, y son escogidos para pertenecer a este selecto grupo, que tiene como función principal el cuidado de los Presidentes de la República de Chile y la casa de gobierno.

Yo, tuve el gran honor de pertenecer a la Guardia del Palacio de la Moneda.

Sus componentes, eran elegidos entre los funcionarios de más alta estatura y normalmente sobrepasaban el metro setenta y cinco. Yo, medía 1,73 y no obstante ello, me asignaron a este “Escuadrón de Ametralladoras” que cumplía delicadas funciones en la Casa de Gobierno.

Eran los tiempos del Presidente Jorge Alessandri Rodríguez, “El Paleta”, que vivía en un departamento del pasaje Phillips, al lado de la Plaza de Armas y cercano a la Moneda.

Me correspondió en varias ocasiones abrirle la puerta de Morandé 80 para que ingresara al Palacio.

Fueron dos años en que permanecí en esa función hasta pasar al escalafón de Secretaría y dejar para siempre el verde uniforme.

Mi adaptación a ese destino fue especial, incluso muy afectiva cuando, estando de Guardia Vigilante, junto a otro funcionario en la puerta que da a la plaza de la Constitución, llegó a visitarme mi madre y, desconociendo la prohibición del guardia de hablar con las personas mientras desempeñaba este puesto, se dirigió a mí y no pude responder a su saludo ni a su requerimiento.

Debí aprender a reconocer a cada ministro de Estado para rendirle honores al ingresar a la Casa de Gobierno. Conocí cada rincón de ese edificio, obra del arquitecto italiano Joaquín Toesca y Ricci. En mis turnos de noche, en el sector del ala sur, donde funciona el Ministerio de Relaciones Exteriores, para mitigar el temor que apareciera “el cura sin cabeza” (leyenda que los Carabineros antiguos narraban a los nuevos para asustarlos), salía a saborear un par de frutas enanas del Patio de los Naranjos.

Estuve en el Salón Rojo y caminé por la Galería de los Presidentes y un día, bajando las escalas que dan al Patio de los Cañones, (nombre que proviene de dos cañones de hierro, “El Relámpago” y “El Furioso”, fundidos en Lima en 1772 y donados en 1929), un turista argentino me fotografió y me envió posteriormente el retrato desde Buenos Aires.

Fueron dos años y siete meses muy especiales en que aprendí mucho respecto a la labor que cumple un “Guardia de Palacio de la Moneda”, un honor que no tuvieron muchos de los de mi tiempo.

Debí superar situaciones complejas, como aquella vez en que estando de guardia en la puerta de Morandé 80, vi venir al Presidente Alessandri y luego de avisar mediante un timbre a la Guardia, debí contener a dos inmensas mascotas que el Mandatario tenía en ese lugar y que, al presentir la llegada de su amo, pugnaban por salir a su encuentro.

Yo no lo podía permitir por ningún motivo, dado que la calle Morandé era muy transitada y si los canes salían a la vía, algún vehículo los podía atropellar y hasta ahí llegaría mi brillante carrera.

Por este motivo sujeté fuertemente a ambos perros de su collar, saludé como pude, marcialmente, al gobernante que al ver la desesperación de sus regalones, me expresó:

¡Deje libre a mis perros, señor Carabinero!, ¡no me los maltrate!

¿Qué podría yo responder ante tal reprensión? Me quedé en silencio y pensé “palos porque bogas y palos porque no bogas”. Si suelto los animales y les sucede un accidente, yo sería el culpable.

Callé y no le respondí nada a Su Excelencia.

Hace un poco tiempo, estuve allí en Morandé 80, con Paola, mi hija menor, la cual me retrató en ese recordado lugar, donde tuve un “encontrón” con un gran Presidente, pero la violencia verbal vino de un solo lado. El otro lado, “agachó el moño” porque ante cualquier circunstancia, llevaba las de perder.

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