Dos episodios poco conocidos de la personalidad de Luis Alberto Barrera
El pasado 1 de julio, se cumplieron sesenta años del fallecimiento de este ilustre educador quien vivió buena parte de su vida en Punta Arenas. Profesor fundador del Liceo de Hombres de nuestra ciudad, fue director de dicho establecimiento durante diecisiete años desde 1933 a 1950.
Luis Alberto Barrera Guerrero nació en Santiago un 8 de agosto de 1883. Sus estudios profesionales los realizó en la legendaria Escuela Normal de Preceptores, la segunda de su tipo más antigua de todo el continente americano, llamada más tarde, Normal Superior José Abelardo Núñez, integrando la generación de maestros normalistas influenciada con las profundas transformaciones iniciadas en la instrucción pública por el gobierno del presidente José Manuel Balmaceda, las que, debido a su dimensión, profundidad y sentido nacional, fueron retomadas y proseguidas por las administraciones que le sucedieron, luego de la guerra civil de 1891. Al respecto de lo proyectado por Balmaceda en el ámbito de la educación, el reconocido hombre público magallánico, profesor Luis Godoy Gómez, a propósito del cumpleaños N°80 del Liceo de Hombres, reseñaba lo siguiente:
“Las escuelas primarias aumentaron en treinta por ciento, se fundaron nuevos liceos -alcanzando a treinta y dos-, seis escuelas agrícolas, tres de minería y una escuela técnica femenina. Se aplicaron los modernos métodos de enseñanza de Herbart, se inauguró el Instituto Pedagógico para formar a los profesores de la enseñanza media humanista y se crearon dos nuevas escuelas normales, con las que éstas llegaron a cuatro; se contrató a profesores alemanes para la enseñanza de las nuevas metodologías y se dotó de becas a maestros chilenos para su perfeccionamiento en el exterior”.
Luis Alberto Barrera se tituló de profesor primario normalista en 1904. Por Decreto Supremo N°2648 fue nombrado para ejercer la docencia y la inspección de preparatorias en el Liceo fiscal de Hombres de Punta Arenas, creado por Decreto Supremo N°630 del 24 de febrero de 1905 durante la presidencia de Germán Riesco Errázuriz. El establecimiento fue inaugurado el 1 de septiembre de 1905 con un total de cien alumnos, de los cuales, cuarenta y cinco eran extranjeros; sesenta estudiantes estaban repartidos en dos cursos de preparatoria y otros cuarenta en humanidades. La ceremonia oficial de apertura del establecimiento se efectuó el día 18 de septiembre con asistencia de varias autoridades, entre ellas, Waldo Seguel, juez del territorio; José Bautista Contardi, primer alcalde; monseñor José Fagnano; Froilán González, comandante del Apostadero Naval de Magallanes y Gelón Villegas, capitán del transporte Piedras Buenas de la Armada argentina.
Junto con Barrera, encargado de la primera preparatoria, el personal docente estaba conformado por el reconocido pedagogo Belisario García, quien asumió la dirección del Liceo y los profesores Elías Almeyda, de ciencias naturales; Fernando Baldantoni, de matemáticas; Enrique Breen, de idiomas; Alejandro Ojeda, de segunda preparatoria; Elías Oñate, de castellano y el abogado Nibaldo Sangüesa que oficiaba de inspector. En sus inicios, el establecimiento se ubicaba en una añosa casona, propiedad de Emilio Crisóstomo en calle Chiloé casi esquina de Errázuriz por la vereda oriente, donde hoy se encuentra la tienda El Arte de Vestir.
Profesor multipropósito
En los primeros años de vida del Liceo la vida fue austera y difícil. El rector García fue remplazado por el profesor normalista Nicetas Krziwan, de nacionalidad austriaca, uno de los educadores contratados por Balmaceda para la creación de una escuela de ciegos. Luis Alberto Barrera sentía una profunda admiración por este educador, quien ejerció como director hasta 1919 y que, entre otros logros, consiguió duplicar el número de matriculados, aumentar los cursos hasta 4° humanidades y trasladar el establecimiento a un inmueble más amplio en Avenida Colón esquina Jorge Montt.
Varios autores han puntualizado sobre ciertos aspectos de la vida de Luis Alberto Barrera. El periodista Manuel Zorrilla asegura en su obra “Magallanes en 1925” que después de veinte años, se mantenía como el profesor más antiguo del Liceo, desempeñando en algunas ocasiones el cargo de rector interino, sin olvidar que fue tercero, segundo y primer inspector y también, inspector general. En su calidad de maestro primario normalista, asumió las asignaturas de castellano, francés, historia y geografía, y en ocasiones, debió sustituir a otros maestros en los ramos de dibujo y caligrafía, filosofía, gimnasia, matemáticas y religión. En uno de los libros preparados para conmemorar el centenario del establecimiento, “Liceo Luis Alberto Barrera” de Fernando Calcutta y Reiner Canales, se asegura que el magistrado Carlos Sangüesa señaló en una oportunidad algunas características distintivas del preceptor santiaguino: “Como educador, sabe conocer y definir la psicología de sus alumnos y desarrollar su individualidad aprovechando sus naturales disposiciones y como empleado público, es un celoso cumplidor de su deber, por lo que, ante profesores y alumnos, goza de respeto y estimación muy merecidos”. Por otra parte, y de acuerdo con los apuntes de la profesora Soledad Nercellas Lizama plasmados en su monografía “El gran sueño magallánico” (2005), Barrera fue nombrado rector del Liceo de Hombres después de haber sido doce veces director subrogante.
Su liderazgo estuvo plagado de dificultades que resolvió con tesón y maestría. Lo más complejo fue obtener un espacio para que el establecimiento siguiera funcionando, mientras se construía un edificio propio. Barrera se acogió a jubilación en julio de 1950 y el 8 de septiembre del mismo año volvió a radicarse en Santiago, donde falleció el 1 de julio de 1966. Al conocerse su deceso, el profesor de castellano y amigo, Julio Ramírez Fernández publicó una sentida semblanza en el diario La Prensa Austral en que recordaba la despedida del maestro:
“Desde la capital, Dardignac 0132, siguió la trayectoria del Liceo y cada 1 de septiembre con entusiasmo y generosidad reunía a los liceanos, profesor o alumno, para celebrar opíparamente tan fausto acontecimiento: la fundación del establecimiento. Macizo, enhiesto, firme, fuerte en la emoción de la despedida, todavía nos parece verlo agitando su pañuelo desde la cubierta del buque Alondra. El Liceo se volcó en el muelle a decirle adiós y a cantarle su himno, como si presintiera que no lo vería más. Carlos Aracena, director por entonces de La Prensa Austral, le dedicó un sentido artículo. Lo tituló “¡Adiós Mr. Chips!”
Posteriormente, el diputado por Magallanes Tolentino Pérez Soto acogiendo una iniciativa del Centro de exAlumnos del Liceo de Hombres presidido por Pedro Arentsen Sauer presentó al Congreso Nacional un proyecto sancionado como Ley N°17.786, el 5 de octubre de 1972, que denominó a la antigua institución educacional como “Liceo de Hombres Luis Alberto Barrera”.
Educador y político
Descrito a menudo como un hombre severo, estricto en el cumplimiento del deber, “serio, adusto por fuera, todo suavidad y comprensión por dentro” como lo retrataba su amigo y correligionario, Julio Ramírez, desde su época de estudiante en Santiago y luego por la prensa nacional que llegaba a Punta Arenas, Luis Alberto Barrera había sentido inclinación por las ideas del laicismo y su posible incidencia en la instrucción pública.
Militante del Partido Radical, definió su posición ideológica en la famosa tercera convención nacional realizada en 1906 en donde confluyeron y se enfrentaron dos visiones doctrinarias que definió el accionar de esa colectividad política en las décadas siguientes. Por una parte, estaba el pensamiento de Enrique Mc Iver, quien planteaba su pesimismo ante la conducta moral que observaba en los actores políticos de entonces, en una época llena de excesos, con mucha riqueza proveniente de la industria salitrera, la que disfrutaban unos pocos. Ante ese panorama, proponía que el radicalismo debía ser el partido que defendiera a la clase media. Por otro lado, estaba la mirada de Valentín Letelier, quien, a diferencia de Mc Iver, pensaba que si bien, el deterioro moral que evidenciaba la sociedad chilena era importante, el radicalismo debía preocuparse de los más desposeídos, fundamentando un amplio programa en el desarrollo a todos los niveles de la educación pública para combatir la pobreza material y cultural de la nación, lo que implicaba concebir a futuro en el país, una vez que se redujeran los índices de analfabetismo y otros males sociales que afectaban a la población, un tipo de “socialismo democrático”.
Luis Alberto Barrera se sintió interpretado por esta última posición filosófica y política, adscribiendo a los postulados de Letelier, lo que se reflejó plenamente en su labor educacional. Miembro de numerosas instituciones societarias vivió en persona, la entronización de la Federación Obrera de Magallanes, sus causas, sus luchas y sus principales logros. Fue testigo de los dramáticos acontecimientos acecidos en la madrugada del 27 de julio de 1920, cuando se produjo el asalto e incendio del local de los federados, del que entregó un valioso testimonio recogido en el “Proceso por incendio y homicidio contra Pedro Pacheco y otros, causa rol N°222 del 2° Juzgado del Crimen de Punta Arenas, publicado en parte en el N°69 de la Revista Impactos (VI-1995) y otro tanto en el libro, “La masacre en la Federación Obrera de Magallanes” de Carlos Vega Delgado.
En declaración ante el juez, el 28 de diciembre de 1921, Barrera dijo: “Según le ha manifestado el jefe de la Maestranza del Apostadero Naval don Ramón Labra unos oficiales del Batallón Magallanes le habrían pedido poco antes de los sucesos a que este proceso se refiere, dos combos, que aún no le han devuelto. Después del incendio, el mismo día 27 de julio o al siguiente, estando en la cantina del Hotel Kosmos el jefe de la Sección de Seguridad Torres Droguett, acariciaba la carabina que llevaba terciada diciendo que se había portado muy bien recientemente, y que esperaba que se portase lo mismo próximamente”.
Barrera vivía a sólo dos cuadras de los acontecimientos. En su declaración aseguró que fue despertado a las tres de la mañana a causa de los disparos, situación que lo instó a salir a la calle a ver qué pasaba. A su juicio, los tiros se hicieron con rifles o carabinas Mauser. Al día siguiente, los diarios El Comercio y La Unión publicaron versiones en donde indicaban que el incendio había sido provocado por los mismos ocupantes del edificio, para tapar el supuesto desfalco que tramaban.
En su relato, Barrera recuerda haber encontrado a un tal Cifuentes, quien le aseguró que el teniente Cristi del Batallón Magallanes, Hermógenes Urbistondo, el doctor Ferrada y un empleado de Aduana apellidado Espinoza asaltaron y le prendieron fuego a su casa, destruyendo la imprenta del diario El Socialista que funcionaba en su hogar en calle Talca (Armando Sanhueza) entre Valdivia (José Menéndez) y Colón y que, debido a las amenazas que recibía su familia, debió radicarse con su mujer en Uruguay. Las sospechas pronto alcanzaron al propio Barrera, reconociendo bajo juramento que:
“Patrullas del Batallón Magallanes mandadas por clases recorrían de noche las calles, detenían a los pocos transeúntes que se aventuraban a andar por ellas, les hacían levantar los brazos y los registraban. Esto me pasó a mí varias veces. Cuando yo me expresara en diversas ocasiones censurando el incendio de la Federación, encontrándome un día en el Club Magallanes, el comandante del Batallón, Barceló Lira, y el prefecto Parada dijeron que se habían visto obligados a castigar en esa forma a los federados en vista de la actitud de éstos, y correrían la misma suerte los que censuraban por ello a las autoridades. Se me denunció en Santiago como antipatriota y que inspiraba sentimientos antipatrióticos entre los alumnos del Liceo, y aunque el rector desmintió esas inculpaciones fui llamado a la capital para hablar con el ministro don Lorenzo Montt, a quien dejé convencido de la injusticia de los ataques que se me hacían, pero tuve que quedarme por disposición del Gobierno varios meses allá”.
En la Sociedad de Instrucción Popular
A fines de octubre de 1933 el diario El Magallanes informaba que pronto empezaría el desalojo de la construcción que ocupaban desde 1912 alumnos y docentes del Liceo de Hombres, en Avenida Colón y Jorge Montt donde hoy se ubica el edificio de la Cruz Roja.
Ante la posibilidad cierta de “quedar en la calle” Luis Alberto Barrera inició una serie de conversaciones con autoridades locales y nacionales para retrasar la mudanza, aceptando con desazón el vencimiento del contrato que lo ligaba con el inmueble que los había cobijado durante un cuarto de siglo.
El 1 de noviembre de 1934 se produjo el anunciado desalojo efectuado por Carabineros ante la mirada atónita de los transeúntes que observaban cómo pizarrones, sillas, mesas, biblioteca e imprenta quedaban esparcidos en la vereda. El entonces joven Nicolás Mihovilovic, más tarde reconocido autor de la trilogía de novelas, “Desde lejos para siempre”, “Entre el cielo y el silencio” y “En el último mar del mundo”, recordaba con nostalgia ese momento:
“En el liceo existía una minúscula imprenta en que un viejo maestro daba clases de tipografía y en la cual se imprimía la revista “Germinal”, editada por el alumnado y dirigida por un estudiante del último curso. Allí fueron directores -perdóneseme si equivoco el orden cronológico-, Roque Esteban Scarpa, José Grimaldi, José Gómez y otros que no recuerdo. En 1933, que coincidió con el traslado del viejo liceo, desalojado de un inmueble ya ruinoso, a un local facilitado por la Soc. de Instrucción Popular, me correspondió dirigir unos cuantos números, que se publicaron ese año”.
En tanto, Barrera había convencido a sus amigos y maestros de la Sociedad de Instrucción Popular (Sip) para que el Liceo ocupara algunas salas al interior del recinto donde se ubicaban la Escuela Nocturna Popular y la Escuela Anexa. En primera instancia, existía un terreno donado en 1909 por la comisión de alcaldes de 3.750 metros cuadrados en las inmediaciones de la antigua Plaza Bascuñán Guerrero en calle Quillota entre Ecuatoriana (Ignacio Carrera Pinto) y Avenida Colón, pero la playa llegaba a escasos metros de la calle Quillota, lo que obligaba a tapiar y rellenar todo ese espacio antes de comenzar la construcción del edificio, lo que se realizó en los años venideros, hasta que, en 1918 se confirmó la donación con una superficie total de 7.750 metros cuadrados.
Barrera obtuvo $400.000 de la Ley de Presupuesto de la Nación para erigir un recinto de dos pisos de material sólido, capaz de cobijar un promedio de ochocientos alumnos. Anfitrión en noviembre de 1939, del presidente de la República, Pedro Aguirre Cerda, que visitó en la Sip a los alumnos y docentes del Liceo quienes escucharon, -como dijera Godoy Gómez en su aludido discurso por los 80 años del establecimiento-, “su palabra reposada, su discurso tranquilo, su discurrir cadencioso”, instando a los educandos al cumplimiento de sus deberes como estudiantes y de sus responsabilidades para el futuro.
En marzo de 1941 se estrenó el nuevo edificio en Colón y Quillota. Ese año el Liceo comenzó a ser sede de las pruebas de bachillerato, requisito ineludible para ingresar a la Universidad en ese entonces.




