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Preocupantes cifras sobre convivencia escolar

Por La Prensa Austral Jueves 23 de Julio del 2026

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Preocupantes son las cifras sobre convivencia escolar en Magallanes y éstas no pueden leerse como una simple estadística, pues detrás de cada denuncia existe un estudiante que se sintió vulnerado, un docente que perdió herramientas para conducir una clase, una familia preocupada y una comunidad educativa que enfrenta crecientes dificultades para cumplir su principal misión, que es enseñar y aprender.

Que la región registre la segunda tasa más alta de denuncias por convivencia escolar del país y que éstas hayan aumentado un 117% en la última década es un dato que obliga a detenerse. Más aún cuando ese deterioro se refleja también en un incremento de los casos policiales ocurridos al interior de los establecimientos educacionales. La escuela, que debe ser un espacio de protección y desarrollo, aparece cada vez más tensionada por conflictos que exceden lo pedagógico.

Sería un error concluir, sin más, que hoy existen más hechos de violencia que antes. También es posible que exista una mayor disposición a denunciar situaciones que hace algunos años permanecían invisibilizadas o eran resueltas internamente. Ese cambio representa un avance, porque demuestra que las víctimas cuentan con más herramientas para exigir protección. Sin embargo, sería igualmente ingenuo pensar que el aumento responde sólo a una mayor cultura de la denuncia. Los indicadores nacionales e internacionales muestran que el deterioro de la convivencia escolar es una realidad que trasciende a Magallanes.

Lo más preocupante es que el problema no se limita a los episodios más graves. El propio informe advierte que las dificultades se expresan también en el funcionamiento cotidiano de las salas de clases. Si apenas una minoría de los estudiantes percibe que existen las condiciones básicas de silencio y respeto para aprender, el desafío deja de ser exclusivamente disciplinario y pasa a convertirse en un problema educativo de primer orden.

Durante años se ha insistido en recuperar los aprendizajes perdidos tras la pandemia. Sin embargo, resulta difícil hablar de calidad educativa cuando el ambiente escolar se encuentra deteriorado. No hay innovación pedagógica, reforma curricular ni mejores resultados académicos posibles si profesores y estudiantes deben destinar parte importante de sus energías a enfrentar conflictos permanentes.

Las causas son múltiples. Influyen las secuelas emocionales de la pandemia, la creciente exposición a la violencia en redes sociales, las dificultades de salud mental, los cambios en la dinámica familiar y una pérdida progresiva de herramientas para la resolución pacífica de los conflictos. Pretender encontrar una explicación única sería simplificar un fenómeno complejo.

Precisamente por eso, las respuestas tampoco pueden recaer únicamente sobre los establecimientos educacionales. La convivencia escolar no comienza cuando se abre la puerta de una sala de clases. Se construye en la familia, en el barrio, en la forma en que los adultos resuelven sus diferencias y en los modelos de convivencia que la sociedad ofrece a niños y adolescentes. Pedir que las escuelas solucionen por sí solas problemas cuya raíz es mucho más profunda es exigirles una tarea imposible.

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