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Lecciones de espiritualidad en el Mundial de Fútbol

Por Marcos Buvinic Domingo 26 de Julio del 2026

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Durante el mundial de futbol hemos podido vivir una fiesta planetaria del deporte. En lo personal, me gusta ver algunos buenos partidos de futbol, y disfruto con el espectáculo que combina resistencia física y destreza con el balón, capacidad de jugar como equipo, estrategia adecuada y nervios bien templados. Un buen partido de futbol apasiona y entretiene a grandes y chicos en todo el mundo.

Ahora, luego de la final del mundial, ha quedado la alegría de los ganadores y la tristeza de los perdedores, las imágenes de jugadas espectaculares, la destreza de las grandes figuras del torneo, las infaltables polémicas y los millones de los que han hecho un gran negocio.

También el mundial de futbol es como una vitrina donde quedan a la vista muchas dimensiones del ser humano, de los pueblos, y también de asuntos políticos; basta ver el protagonismo que buscó tener el presidente Trump. Pero, entre todo lo que aparece en el mundial de futbol está, también, el lugar de ocupa la espiritualidad y la religión en la vida de las personas.

Algunas expresiones de religiosidad son evidentes en las imágenes de grupos de jugadores que forman un círculo orando antes del partido, o en los jugadores que hacen la señal de la cruz al entrar en la cancha, o en los jugadores que al hacer un gol se arrodillan dando gracias, o levantan la mirada y los brazos agradeciendo el gol que realizaron. Quizás, para algunos se trata de supersticiones, cábalas, o amuletos -prácticas ajenas a la fe cristiana y rechazadas por ésta-, pero para muchos de los jugadores esas actitudes y gestos expresan una sincera confianza en Dios vivida como fe religiosa al momento de enfrentar un gran desafío.

La pregunta de fondo es si acaso Dios tiene algo que ver con los resultados del mundial de futbol, si acaso Dios favorece a algunos y perjudica a otros, si Dios tiene equipos y jugadores favoritos y otros a los que condena al fracaso. Porque según cómo se responda a esa pregunta, es si acaso Dios tiene que ver o no con tantas otras situaciones de la vida social, económica, cultural y política, en las que parecería que Dios favorece a algunos y perjudica a otros, de manera que siendo así estaríamos en manos de un destino ciego, implacable e injusto, que por misteriosas razones premia a unos y castiga a otros.

El que ha puesto las cosas en su lugar ha sido el entrenador de España, Luis de la Fuente, quien -junto a sus jugadores- ha festejado con alegría su triunfo deportivo, manifestándose como un líder de su equipo, desde su calidad profesional y un liderazgo valórico. Así, como miembro de la Iglesia Católica, Luis de la Fuente ha dado un sólido testimonio del lugar que ocupa su fe en el Señor Jesús en todos los aspectos de su vida.

Cuando, antes de la final mundial, un periodista le preguntó si era supersticioso porque hacía oración antes de los partidos, Luis de la Fuente respondió: “eso no es superstición, no soy supersticioso, soy creyente. Tengo fe. Si rezo hoy o mañana es porque lo llevo haciendo desde hace años. Rezo todos los días y no para que ganemos, sino para dar gracias y pedir salud y fuerza para todos”. Y siguió diciendo: “La fe en Dios me da seguridad, tranquilidad y me ayuda a ver a los jugadores primero como personas y luego como futbolistas. Todos somos iguales ante Dios”. Esa mirada humanizadora, desde la fe, es la columna vertebral de su camarín, y la comparte con la naturalidad y seguridad de quien se sabe sostenido por Alguien más grande que todo, más grande que el triunfo o la derrota en las situaciones que hay que enfrentar con las capacidades y talentos que Dios nos ha dado.

Luis de la Fuente siguió diciendo: “Mi fe es algo personal y transferible. Soy libre y puedo elegir lo que tengo que hacer. Dios me aporta mucha seguridad y mucha fuerza”. Así, Luis de la Fuente ha dejado muy que la fe en Dios es la brújula vital para enfrentar todos los desafíos humanos, y eso vale para cualquier tipo de desafíos que enfrentemos las personas y todos los grupos humanos.

De eso se trata, la fe en Dios no es una cábala mágica ni un recurso desesperado que busca un milagro ante un partido difícil o una situación humana o social compleja, sino que es el modo en que una persona enfrenta las situaciones de la vida, las relaciones humanas, los desafíos profesionales, las situaciones sociales, etc., desde la confianza en Dios que nos sostiene y que nos llama a trabajar responsablemente con los talentos que Él nos ha dado.

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