El hombre del mural que recorrió durante 45 años los caminos de Magallanes
- José Díaz Ojeda se despidió del servicio público dejando una historia marcada por una puntualidad inquebrantable, miles de kilómetros recorridos, su participación en la emergencia del “terremoto blanco” y un rostro que hoy integra uno de los murales más fotografiados de la costanera de Punta Arenas. Esta es la historia de un trabajador silencioso que terminó convertido en parte de la memoria regional.
A lo largo de sus cuarenta y cinco años de servicio, José Díaz Ojeda vio pasar a once directores regionales en trece periodos y trabajó con sólo dos jefaturas de Finanzas. Recorrió miles de kilómetros por los caminos de Magallanes, atravesó inviernos, acompañó a funcionarios y autoridades, llevó documentos hasta sectores rurales y aprendió a reconocer los lugares donde vivían los agricultores mucho antes de que existieran teléfonos inteligentes o aplicaciones que indicaran cómo llegar.
Sin embargo, cuando repasa toda esa historia, hay dos datos que recuerda con especial orgullo. En 45 años asegura que nunca faltó a trabajar y tampoco llegó atrasado.
En realidad, tenía la costumbre contraria. Si la jornada comenzaba a determinada hora, José ya estaba ahí sesenta minutos antes.
“Siempre llegaba antes. Una hora antes de la entrada ya estaba. Era una costumbre mía y la mantuve durante todos estos años”, recuerda.
A fines de agosto marcó por última vez su salida como funcionario de Indap Magallanes. Terminaba así una historia iniciada en 1980, cuando llegó a trabajar a honorarios. Un año más tarde pasó a contrata y, después de aproximadamente tres años, ingresó a la planta.
En ese comienzo hubo una persona que, al mirar hacia atrás, ocupa un lugar especial en sus recuerdos. Graciela Reyes Soto fue quien abrió la puerta que terminaría convirtiéndose en una vida completa ligada a la institución.
“Ella me trajo a Indap y me ayudó mucho en mi carrera. Siempre voy a estar agradecido de Graciela por la oportunidad y por el apoyo que me dio”, señala.
También recuerda a Vladimir Zúñiga como uno de aquellos funcionarios de los primeros años que le enseñaron el trabajo cotidiano. José reconoce que aprendió mucho observando a quienes llevaban más tiempo, preguntando y, sobre todo, haciendo.
“Vladimir me enseñó harto. Yo fui aprendiendo de la gente que estaba acá, de los compañeros y también de todo lo que uno iba viviendo cuando salía a terreno”.
Porque si algo hizo durante esos 45 años fue recorrer.
Fue conductor, estafeta, apoyo de distintas unidades y compañero de ruta de varias generaciones de funcionarios. Durante años salió a entregar documentación y avisos de vencimiento a los usuarios de Punta Arenas, Puerto Natales y Porvenir. Los nombres de los caminos, las entradas a los predios y los sectores donde vivían las familias campesinas terminaron formando parte de su propia geografía.
“Conozco todos los sectores donde están los agricultores. Antes había que salir, buscar los lugares y llegar no más. Así uno fue conociendo prácticamente todo”, relata.
Por la dirección regional vio pasar a Carlos Iñíguez Díaz, Cristián Marchant Jansana, Arsenio Fernández Calatayud, Patricio Araya Vargas, Walter Ojeda Aguilar, José Guzmán Vega, Víctor Vargas Vidal, Jorge Urrutia Moldes, Jaime Baeza Gil, nuevamente Víctor Vargas, Petar Bradasic Alvarez, Gabriel Zegers Müller y otra vez Petar Bradasic.
En Finanzas la lista fue considerablemente más corta. Durante toda su trayectoria trabajó con Vicente Rivera Lucero y Margarita Buccelloni.
Los nombres fueron cambiando. También cambiaron las autoridades, los gobiernos, los vehículos, la tecnología y la manera de hacer muchas cosas.
José siguió ahí.
Las cosas que ocurrían
por arte de magia
En toda institución existen trabajos que aparecen en informes, balances y estadísticas. También hay otros que casi nunca quedan registrados.
Un vehículo listo cuando alguien debe salir a terreno. Un documento que necesita llegar a destino. Un funcionario que requiere un traslado. Una encomienda urgente. Una puerta que alguien debe abrir temprano. Una solución pequeña que se vuelve importante cuando nadie sabe muy bien cómo resolver el problema.
Durante décadas José estuvo detrás de muchas de esas tareas.
Algunas, dice, parecían ocurrir “por arte de magia”. Nadie preguntaba demasiado cómo se habían solucionado. Simplemente estaban hechas.
Esa disposición probablemente explica mejor su trayectoria que cualquier enumeración de funciones. José asegura que nunca tuvo grandes conflictos con sus compañeros y que trató de estar disponible cuando alguien necesitaba una mano.
“Tuve hartos amigos acá, hartos. Nunca tuve problemas con nadie. Si alguien necesitaba algo y yo podía ayudar, ahí estaba. Siempre traté de hacerlo así”, comenta.
Entre esas amistades hay una que ocupa un espacio distinto.
Víctor Valenzuela, histórico funcionario de Porvenir, apareció en su vida prácticamente al comienzo de su trayectoria en Indap. Apenas llevaba unos días trabajando cuando José viajó a Tierra del Fuego. Con el tiempo dejaron de ser simplemente dos compañeros de una misma institución.
“Con Víctor éramos más que amigos, éramos como hermanos. Compartimos muchos años, viajes y también las olimpiadas. Son de esas amistades que quedan después del trabajo”, recuerda.
Las olimpiadas de Indap constituyen otro capítulo de esa memoria. José participó en varias de ellas y recuerda a Valenzuela como entrenador, sentado al borde de la cancha, siguiendo las competencias y acompañando al equipo.
Son escenas de otro tiempo. Viajes, delegaciones, partidos y largas conversaciones que ayudaron a construir relaciones entre funcionarios que trabajaban separados por las enormes distancias de Magallanes.
El día que todo se
volvió blanco
Entre tantos caminos recorridos hay uno que José difícilmente podrá olvidar.
Fue durante el “terremoto blanco” de 1995, una de las emergencias climáticas más duras que recuerde la región.
José viajaba hacia Puerto Natales junto a Mario Armijo para apoyar el trabajo que se desarrollaba con los agricultores afectados. Cerca del kilómetro 130 prácticamente desapareció el paisaje. La nieve cubría el camino, la pampa y el horizonte hasta convertir todo en una misma superficie blanca.
En algún momento la camioneta perdió el rumbo, atravesó un alambrado y terminó volcada con las cuatro ruedas hacia arriba.
José lo recuerda hoy con la tranquilidad que entregan los años, pero sabe que pudo terminar de otra manera.
“Gracias a Dios no nos pasó nada. Quedamos volcados, pero pudimos salir y al final todo quedó en el susto”, relata.
La historia tiene además un detalle que todavía provoca risas.
Cuando en la oficina se enteraron del accidente y comenzaron a preguntar qué había ocurrido, una funcionaria manifestó inmediatamente su preocupación por unas sillas que transportaban en la camioneta.
José hace una pausa antes de entregar el desenlace.
“Afortunadamente a las sillas tampoco les pasó nada”, recuerda entre risas.
El episodio quedó incorporado a ese archivo invisible que poseen todas las instituciones y que no se guarda en carpetas ni resoluciones. Son historias transmitidas entre compañeros, repetidas durante años y capaces de sobrevivir incluso cuando muchos de sus protagonistas ya se han jubilado.
Mucho más que las comitivas
Ser conductor también lo puso cerca de escenas completamente distintas.
Durante su trayectoria participó en numerosas comitivas oficiales. Trasladó funcionarios y autoridades durante visitas de presidentes de la República y de delegaciones extranjeras. Entre ellas recuerda la presencia de un mandatario de Croacia en Magallanes.
Podría construir buena parte de su relato enumerando autoridades, pero no lo hace.
Cuando José habla de sus 45 años aparecen mucho más los compañeros, los agricultores y los caminos.
Porque la mayor parte de su vida laboral ocurrió lejos del protocolo. Transcurrió en las rutas hacia Puerto Natales, en los viajes a Tierra del Fuego, en los alrededores de Punta Arenas y en aquellos sectores donde había que encontrar a un agricultor para entregarle personalmente un documento.
Era una época en que buena parte de esas tareas requería conocer el territorio y, muchas veces, conocer también a las personas.
José terminó aprendiendo ambas cosas.
El hombre que
quedó en el mural
Hay una particularidad en su jubilación. José Díaz dejó de ser funcionario de Indap, pero su rostro seguirá formando parte del paisaje de Punta Arenas.
Su imagen aparece en el conocido mural de la Costanera, una obra que con los años se convirtió en una de las postales fotografiadas por quienes recorren ese sector de la ciudad.
Miles de turistas probablemente se han llevado una fotografía de José sin saber quién es.
Detrás de ese rostro hay un hombre que pasó 45 años recorriendo Magallanes, que conoció generaciones de agricultores y funcionarios, que estuvo en el terremoto blanco y que durante décadas llegó a trabajar cuando todavía faltaba una hora para comenzar la jornada.
Aunque hay partes de esa historia que prefiere mantener cuidadosamente archivadas.
– José, dicen que eras un galán.
Sonríe.
Piensa un momento y responde.
– No hay memoria.
No entrega nombres ni antecedentes adicionales.
Como todo un caballero.
Una nueva ruta
Ahora los planes son otros.
Quiere compartir más tiempo con su hija, visitar a su sobrino en Río Gallegos y comenzar a disfrutar de una libertad que después de 45 años de horarios todavía está aprendiendo a administrar.
Tampoco piensa quedarse completamente quieto.
En verano suelen aparecer clientes que lo llaman para algunos trabajos. Puede cortar pasto, realizar encargos y seguir haciendo distintas cosas mientras decide, poco a poco, cómo será esta nueva etapa.
“Voy a ir viendo de a poco qué hago. Siempre salen trabajos, especialmente en verano, así que tampoco es que me vaya a quedar sin hacer nada”, comenta.
Pero hay una nueva responsabilidad que menciona con especial entusiasmo.
Su nieta.
Después de pasar buena parte de su vida trasladando funcionarios, documentos y autoridades, ahora será el encargado de llevarla y buscarla al colegio.
Antes de marcharse definitivamente quiso también agradecer.
No menciona grandes reconocimientos ni reclama homenajes. Prefiere volver a hablar de sus compañeros y de una forma sencilla de entender el trabajo que mantuvo durante cuatro décadas y media.
“Agradezco a todos los colegas de Indap. Me voy tranquilo, me voy bien. Nunca tuve problemas con nadie. Traté de llevarme bien con todos y cuando alguien necesitaba algo, si estaba en mis manos ayudar, ahí estaba yo”.
Quizás por eso su partida comenzó a sentirse en aquellas pequeñas cosas que durante años parecían resolverse solas.
José Díaz no ocupó grandes cargos ni buscó protagonismo. Su trabajo ocurrió en ese espacio menos visible del servicio público donde las cosas simplemente tienen que funcionar. Conocía los caminos, sabía dónde encontrar a los agricultores, cumplía los encargos y estaba cuando alguien lo necesitaba.
A fines de agosto marcó por última vez su salida y cerró 45 años de vida funcionaria.
Ahora cambiarán los caminos, los horarios y también la pasajera. En lugar de una autoridad o un compañero de trabajo, en el asiento irá su nieta rumbo al colegio.
Después de miles de kilómetros recorridos por Magallanes, esa será su nueva ruta.
Y si hubiera que resumir toda su trayectoria en una sola frase, probablemente habría que recurrir a la costumbre que mantuvo intacta desde 1980 hasta su último día de trabajo: José Díaz siempre estuvo ahí, y casi siempre una hora antes.




