El Humedal Tres Puentes no es un humedal
Luna Pérez
Geóloga especialista en amenazas
Presidenta de la Fundación Olivino
Comunicadora científica
Es la parte que vemos de un humedal fragmentado. El pasado 2 de octubre casi se nos desborda el río Las Minas. Muchos otros lugares quedaron anegados. Uno de esos lugares fue Avenida Frei a la altura del humedal Tres Puentes, porque al igual que un río, el humedal cobra el espacio que le solía pertenecer, cada vez que el agua no cabe en el espacio que le dejamos. Aun así, hay muchas construcciones en la zona norte de Punta Arenas sobre suelos que no eran la mejor opción para sostener viviendas ni una carretera.
El peligro está en todas partes y no necesariamente se viste de espectáculo. Cualquier cosa sujeta a cambio puede convertirse en un peligro de un momento a otro. Bajar una escalera y saltarme un peldaño conlleva peligro. Si yo no arreglo un peldaño que sé que está suelto, me estoy exponiendo al peligro. Si tengo un problema en la pierna, además soy más vulnerable a ese peligro. Peligro, exposición y vulnerabilidad son las componentes de todo riesgo; una ecuación que no debiésemos olvidar.
Una vez alguien -llamémosle Patricio- me preguntó con desenfado: “Bueno, y ¿dónde se puede construir entonces?”. La exasperación de esa pregunta buscaba certeza. Una receta. Porque claro, pareciera que no se puede construir en ninguna parte. La respuesta es simple: se puede construir en casi cualquier parte, pero lo inteligente sería escoger la combinación entre peligros, exposición y vulnerabilidad que no se traduzca en riesgos nuevos. Un humedal y un glaciar son, coincidentemente, entornos que, si son intervenidos, dejan de cumplir los roles ecosistémicos que sostienen el estilo de vida de todos, incluso el de Patricio.
A diferencia de una escalera a la que se le pueden arreglar los escalones, no podemos ponerle un tapón a un volcán, no podemos constipar el cauce de un río para que no se genere un aluvión, no podemos ponerle una malla al mar para que no nos devore en un tsunami.
Pero sí podemos hacer algo. Dos cursos de acción en paralelo.
El primero requiere visión largoplacista. Requiere honestidad intelectual ante la cantidad monumental de evidencia detrás del cambio climático y nuestro rol en ello. Requiere hacerse cargo aceptando consecuencias y la capacidad de reparar y resolver sencillamente porque hay que hacerlo, porque la vida de todos es la que está en juego. Los cambios de patrones en el clima impactan directamente las variables ambientales (como temperatura o humedad) que gatillan fenómenos extremos, tales como crecidas, deshielos abruptos, sequías, tornados, aluviones. La disrupción de ecosistemas rompe delicados equilibrios que también impactan en nuestras condiciones de vida. Ojalá todos supieran cuán importantes son el krill, las aves, las turberas, las algas o las abejas. Pero créanme, que, de esas cosas inadvertidas, que solo les importan a los hippies que detienen el progreso y a los científicos lateros, depende todo lo que conocemos. Así es, Patricio. Tal vez el ambientalismo no es solo un fanatismo después de todo.
Lo segundo requiere aceptación radical. Hay peligros más allá de toda voluntad humana de intervenir; ya sea para provocarlos o para impedirlos (HAARP no provoca nada, ni lo piense por favor, estimado lector): erupciones volcánicas, terremotos, tsunamis o simplemente la caída de un travieso meteorito errático con el potencial de sacudirnos la existencia. Para lo primero, tenemos bastantes mapas de peligro volcánico, de zonas de falla o de zonas de inundación. La aceptación radical del peligro implica conocer las amenazas de un territorio, sus impactos y concentrarse -como diría mi psicóloga- solo en lo que podemos controlar: reducir la exposición y la vulnerabilidad; es decir, reducir el riesgo.
El humedal Tres Puentes no es lo único que se ha fragmentado. También se han fragmentado las turberas de la cuenca del río Las Minas por las rutas de motocicletas. Turberas que, por cierto, son la fuente primaria del agua potable que usa Punta Arenas. Se ha fragmentado el cauce de los ríos. Se ha fragmentado el borde costero. ¿Los instrumentos de planificación territorial responden a todo esto? ¿Lo hacen las autoridades?
La Red Nacional de Vigilancia Volcánica se creó solo porque hubo inyección de fondos después de la destructiva erupción del volcán Chaitén en 2008, aun cuando sabíamos que vivimos en un país volcánico. El Centro Sismológico Nacional se creó solo después del terremoto del 2010, aun cuando sabíamos que vivimos en un país sísmico. A todo esto: Magallanes no solo tiene humedales, glaciares, ríos susceptibles de desbordarse (o a secarse), o suelos propensos a anegarse; también tiene volcanes activos y peligro sísmico. ¿Qué desastre tiene que ocurrir para que ordenemos nuestras prioridades y dejemos de fragmentar lo que sostiene la vida?




