11 segundos entre la eternidad y el olvido
Entre los desafíos que muchas personas se proponen en la vida, uno de los más interesantes es pasar a la eternidad en el recuerdo de la gente. No me refiero a ese recuerdo afectivo que presentarán familiares o amistades y que está dado principalmente por la aflicción de la pérdida, con un fondo afectivo relevante, si no al que una comunidad completa, un país o incluso el mundo evocarán de manera permanente debido a un logro superlativo, de esos que sorprenden y enorgullecen. En la mayoría de los casos es una aspiración difusa que no se concretiza debido a la escasa persistencia y limitados recursos de su eventual ponente. En otros se obtienen logros parciales que resuenan y hacen conocidos a sus ejecutantes, aunque el trecho para alcanzar la trascendencia se mantiene insalvable. Sólo un puñado de escasos privilegiados logrará esculpir su nombre en la historia.
El domingo pasado pudimos observar esos acontecimientos que se dan de cuando en cuando, que llaman la atención no sólo por lo inusuales, pues su principal fondo radica en el cara y sello del éxito rotundo versus la amargura de la frustración. Y aunque la lógica nos dicta que entre ambos debiese existir un abismo, acá sólo les distancian 11 segundos.
En la maratón de Londres, Sabastian Sawe se convirtió en el primer hombre en bajar las dos horas en una maratón oficial. Su record de 1 hora, 59 minutos y 30 segundos vino a pulverizar el registro de Kipchoge en el 2019, que incluso fue de 10 segundos más y con la ayuda de liebres que le marcaban el ritmo y en una pista con las variables controladas. Kipchoge, ganador de varias majors maratónicas, parecía el único ser humano capaz de bajar las dos horas, ese límite psicológico atribuído a los 42 kilómetros de la hazaña griega, aunque de manera no oficial debido a las artificialidades mencionadas.
El registro de Sawe es increíble, los expertos no se explican como el keniata logró un promedio de 2 minutos, 49,9 segundos por kilómetro, lo que equivale a 21,2 kms por hora. Un hombre común y corriente difícilmente logrará alcanzar esa velocidad y aquellos bien preparados sólo la sostendrían por un breve lapso. Por esto y otros factores, Sawe compró su boleto a la eternidad, logrando el Santo Grial de la inmortalidad en el mundo no sólo del atletismo, si no de la resistencia y límites humanos.
Pero lo que personalmente encuentro más inverosimil de esta historia es lo que sucedido con Yomif Kejelcha, quien terminó a 11 segundos del ganador Sawe. El etiope quedará en la historia como el segundo hombre en bajar las dos horas en una maratón, a la sombra de quien en los tramos finales le sacó una ventaja exigua en segundos, pero sideral en trascendencia. Si antes de comenzar la carrera le dijeran a usted que obtendrá un resultado inédito de excelencia hasta ese momento, probablemente lo último que imaginaría es recibir la plata en vez del oro, o más aún, un lugar de reparto ante tal hazaña.
Kejelcha ha sido entrevistado unos días después de la contienda y, con una humildad enorme, ha agradecido el momento que está viviendo diciendo que, lejos de la frustración, lo que ha logrado es maravilloso. Expresa que colocó todo su esfuerzo por lo que simplemente el otro corredor fue más fuerte, pero no oculta su orgullo por lo logrado.
Los expertos tratan de explicar la ruptura de límites humanos nunca antes vistos, atribuyéndolos a las zapatillas, al entrenamiento, e incluso a la alimentación durante la carrera por medio de geles (de los 5 primeros lugares en Londres, todos excepto Kejelcha experimentaron con una nueva formula de geles que permitían su liberación en el intestino y no en el estómago, por lo que su energía pudo ser aprovechada de mejor manera. Esto le daría mayor mérito al etiope, por más que el brillo de la victoria se la adjudique el keniata).
Por esto y su actitud positiva, humildad y esfuerzo, esta vez quisiera destacar al segundo lugar, al que la historia olvidará si más adelante no logra torcer el destino, llegar a la cima del podio y romper lo que estuvo tan, pero tan cerca. Una lección para valorar nuestros logros y mantener una actitud positiva a pesar de los eclipses que la vida nos depara.




