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Mara: entre Maquiavelo y Freud

Por Eduardo Pino Viernes 24 de Julio del 2026

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La parrilla noticiosa se ha nutrido, en buena parte, de la entrevista a la exministra Mara Sedini, quien salió de su ostracismo para volver a su antigua casa comunicacional: “Sin filtros”, programa que después de semanas agitadas registró cambios relevantes, comenzando por su conductor. Es así que Fernando Solabarrieta asumió el liderazgo de un espacio caracterizado, reiteradamente, por la polémica y frecuentes confrontaciones ideológicas con formas poco dignas, donde la descalificación, la violencia verbal y razonamientos sesgados se apoderaban de la pantalla. Llamaba la atención la interacción de los paneles de veredas opuestas, compuesto por personajes mediáticos y experimentados, además de otros no tanto en que, en ocasiones clara y en otras sutilmente, uno de los bandos presentaba una marcada deficiencia en la lógica y las formas. Pero la fórmula funcionaba bien, con elevados ratings que marcaban pautas a los demás medios.

Es en este ambiente que surgió la imagen de Mara Sedini, apasionada defensora de la Derecha, la libertad y valores convencionales; proveniente del mundo de la cultura y las comunicaciones. En política abrazó una postura que le lleva a enfrentarse al mundo wokista y al feminismo extremo, entre otros grupos con los que se enfrascó en acaloradas discusiones que extraviaron las formas deseables del dialogo. Su talento artístico le llevó a un sitio relevante en la campaña presidencial del actual mandatario, quien le confió uno de los ministerios de mayor exposición: la Secretaría General de Gobierno. Aunque hoy, con “el diario del lunes”, todos le critican, no resultaba descabellado que una mujer joven, atractiva y carismática, además de cercana a gente, fuese la vocera de un gobierno que volvía a las corbatas y subía el promedio etario de sus integrantes, augurando algo de frescura entre tanta formalidad. Los problemas de preparación para el cargo se comenzaron a observar tempranamente y como en una fila de fichas de dominó, las equivocaciones fueron sucediéndose una tras otra, aumentando la inseguridad de su protagonista. La inexperiencia de alguien que no posee trayectoria política (donde se adquieren las mañas y se curte la piel), la permanente exposición del cargo, una deficiente preparación en temáticas que debía dominar, asesores que no dieron el ancho, una oposición que no perdió la oportunidad al olfatear la sangre y una ciudadanía que perdió la paciencia, entre otros aspectos, marcaron un destino que difícilmente podía cambiar: su salida a los 69 días de ocupado el cargo.         

La pregunta que prácticamente todos los programas de análisis (noticiosos, políticos y de farándula) se hicieron fue: ¿cuál fue su propósito al dar esta entrevista? Podría ser el lavado de imagen como expresó anticipada y prejuiciosamente un panelista de Izquierda en SF, siendo frenado firmemente por Solabarrieta, lo que se ratificó claramente en su desempeño en que preguntó de todo, con un lenguaje directo y sin eufemismos, manteniendo el respeto necesario.

Más allá de la escasa autocrítica de la entrevistada, lo que ha causado mayor revuelo es la crítica de Sedini a su sector. Desde su perspectiva, fue externamente limitada en el cumplimiento de sus labores, además de condicionada informalmente a peticiones desde sectores y personajes poderosos que prefirió no nombrar, pero dejó entrever. Gente de su sector aplaude la sinceridad y valentía presentadas, pero la mayoría le critica la “falta de códigos” al filtrar dinámicas internas de “camarín”.

Me resultó inevitable recordar el caso de Lily Zúñiga, quien hace 10 años plasmó su experiencia en el libro: “Imputada: la historia de la negra tatuada en la UDI”. Ella como periodista contó su traumática experiencia en este partido político, coincidiendo con el escándalo del financiamiento irregular de la política. Por haber estado en las entrañas del sistema, también fue tratada de desleal, aunque el tema se olvidó pronto pues, todos sabemos cómo terminó esa historia. Hoy, lo de Sedini llama mucho más la atención por su status de exministra, un cargo de alta investidura y confianza que paradójicamente actúa como fusible ante intereses y/o manejos superiores.

Uno de los elementos de análisis que nos llevan a la reflexión es: ¿las personas que no poseen trayectorias y conexiones políticas logran acceder y sobrevivir en las altas esferas del poder? Y es que más allá de las falencias presentadas por Sedini, queda la sensación que como lo hemos visto tantas veces, las cofradías deciden a quienes se les erige o no el pulgar. Por más que entre las veredas políticas opuestas cada vez haya un abismo más profundo, esta práctica es domicilio conocido para todas las colectividades.

Por eso es difícil responder las reales motivaciones de Mara para dar esta entrevista, que incluso posee un timing extemporáneo respecto a las prioridades del país en este momento. Quizás más que justificarse con Maquivelo, buscando alguna conveniencia o frío cálculo, lo de la comunicadora fue la necesidad de expresar su frustración ante el desagravio experimentado, una catarsis emocional que busca acomodar el duelo de la pérdida, una reorganización interna que le permita dar vuelta la hoja y reencantarse con lo que desea. Si esta entrevista le sirvió o incluso le perjudicó, el tiempo lo dirá, porque hasta en la política hay acciones cuyas estrategias no revisten una conveniencia inmediata, más aún si no se pertenece a las filiaciones elegidas.     

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