El fundamentalismo y la manipulación de la religión
La semana pasada tuve ocasión de ver un gigantesco contraste de ideas e imágenes en dos momentos, cada uno significativo en su propio nivel. Por una parte, el encuentro y diálogo del Papa León con miles de jóvenes en Asís, en el marco de la celebración de los 800 años de la muerte de san Francisco de Asís; por otra parte, las imágenes y discursos de la toma de posesión de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia. En ellos hay no solo un contraste de ideas e imágenes, sino que ofrecen valiosas enseñanzas del momento que vivimos en nuestro mundo.
El punto de contraste es el problema del fundamentalismo y la manipulación de la religión en la política y en la sociedad. El Papa León, en el diálogo en Asís, partiendo de la pregunta de una joven croata y recordando la guerra de los Balcanes, advirtió acerca de “la peligrosa mezcla entre confesión religiosa y nacionalismo” y llamó a los jóvenes a “convertirse en artífices de paz en el seno de sociedades tentadas a instrumentalizar la religión en las confrontaciones”. Les dijo: “aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos”. Ir a la raíz del Evangelio no produce rigidez ni violencia, sino sensibilidad, humildad, acogida, empatía y deseo de reconciliación.
Por su parte, la asunción del nuevo presidente de Colombia fue una expresión del fundamentalismo que vuelve ciegas y violentas a las personas y que manipula la religión. Entre imágenes religiosas e himnos, en una retórica populista cargada de invocaciones a Dios y avalada por las oraciones de un rabino judío, un pastor evangélico y un obispo católico, el presidente prometió todo cuanto pudo, afirmando que salvaría al país de sus males y amenazando mano dura para iniciar la “Patria milagro”. Puso fin al discurso con un saludo militar y el grito “Viva Cristo Rey”. Todo lleno de invocaciones a Dios, pero muy lejos del radicalismo evangélico de Jesús.
El Papa León, en diversas ocasiones, ha denunciado el peligro del fundamentalismo y la manipulación de la religión en el ámbito político y social. En su viaje a África, en abril, señaló: “¡Ay de quienes doblegan las religiones y el mismo nombre de Dios a sus propios intereses políticos, económicos y militares, arrastrando lo que es santo hacia lo más sucio y tenebroso!”. El problema no es que esos políticos crean sinceramente en Dios o no, sino cuando ponen a Dios como aval de su proyecto político. Ahí hay que entrar a sospechar.
El fundamentalismo se puede encontrar en todas las ideologías y corrientes de pensamiento político, social, cultural o religioso. Es una postura ideológica que absolutiza una determinada interpretación de un pensamiento, descalificando a quienes acusa de desviarse de los fundamentos de esa doctrina, rechazando el diálogo y llegando a la violencia para eliminar a los disidentes de “la verdadera interpretación” de esa doctrina.
En el plano político hemos conocido el fundamentalismo de los nazis, apoyado en el libro “Mi lucha”, de Adolf Hitler, o el de los guardias rojos con el “Libro Rojo” de Mao, o el del marxismo clásico que, tachando a unos de “revisionistas”, los eliminaba en el paredón o en los campos de concentración estalinianos. También en Chile conocimos el fundamentalismo económico de los “Chicago Boys” y su penosa carga del “costo social”, que hundió en la miseria a millones de chilenos, mientras con las violaciones a los Derechos Humanos se eliminaba cualquier forma de disidencia.
Hoy el fundamentalismo tiene otros rostros, guiados por Donald Trump con su lema “Hacer a América grande nuevamente” y la manipulación religiosa del evangelismo norteamericano, o los ayatolás de Irán, o Putin soñando “la Gran Rusia”, o el sionismo de Netanyahu, y tantos otros que con ceguera sectaria descalifican y anulan a quienes no comparten sus proyectos. Además del fundamentalismo político, existen grupos de fundamentalismo religioso entre los musulmanes, cristianos, judíos, hinduistas, budistas y otros; todos comparten la rigidez y ceguera de los que no dialogan y creen poseer la verdad para imponerla a otros.
Es enorme el contraste con la propuesta del Papa León a los jóvenes en Asís: “de san Francisco aprendan la radicalidad evangélica, que es lo contrario del fundamentalismo: no los vuelve ciegos ni violentos, sino sensibles, atentos en el seguimiento de Jesús y, por tanto, humildes y acogiendo a todos”. Entonces conviene recordar algo elemental: Dios no es candidato a nada, el Evangelio no es un programa electoral y el Señor Jesús no necesita un partido político que lo represente.




