Necrológicas
  • – Isolina Patricia Godoy Cárdenas

Los propietarios de la miseria caminamos a una vejez de hambre

Por Sergio Reyes Tapia. Domingo 1 de Noviembre del 2026

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¿Cuánto vale el esfuerzo de toda una vida? No hablo de números abstractos. Hablo de levantarse a las cinco de la mañana bajo la lluvia invernal, de los trayectos eternos en micros llenas, de las manos agrietadas por el trabajo y de los dolores de espalda que se aguantaron en silencio. Cada madrugón y cada descuento mensual en la liquidación de sueldo se soportaron bajo una sola promesa implícita, un pacto que el Estado y las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) sellaron con nosotros: “Trabajen duro hoy, ahorren, y mañana tendrán el descanso digno”.

Hoy, ese pacto social está completamente roto. Los multi-fondos D y E, esos mismos que el Estado, los gobiernos de turno y los técnicos de corbata de las AFP nos vendieron durante años como los “refugios seguros” para quienes estaban a las puertas de jubilar, han sufrido una sangría histórica. Millones de pesos se han evaporado de las cuentas individuales de los trabajadores más vulnerables. Sepa el ministro Tomás Rau, y el seremi del Trabajo de Magallanes que las personas no se jubilan cuando las acciones suben, se jubilan cuando la vida y las fuerzas físicas ya no dan para más.

El dinero de los trabajadores no es solo papel moneda ni dígitos en una cartola; es tiempo de vida acumulado, es salud desgastada, son horas que se le quitaron a la familia. Por eso, cuando una AFP decide arriesgar los fondos más conservadores en derivados financieros complejos y operaciones especulativas en el extranjero para capear las crisis, no está jugando con un excedente de capital, está apostando el plato de comida, los remedios y la dignidad de la vejez de todo un país. Lo verdaderamente perverso del modelo chileno es la asimetría moral de sus estructuras: Si el fondo cae, la cartola del ciudadano sangra; si el fondo cae, las AFP siguen reportando ganancias multimillonarias gracias al cobro de comisiones obligatorias de las que nadie puede escapar. ¿En qué otro negocio del planeta se premia y se enriquece al administrador por perder el patrimonio de sus clientes?

Esto no constituye un mero error de cálculo técnico, ni una simple “turbulencia” de los mercados globales; es una consecuencia profundamente política. Es la consagración de un sistema que prioriza la liquidez del mercado de capitales y el bienestar de los grandes grupos económicos, antes que asegurar una sopa caliente en la mesa de un anciano en una población. Nos repitieron hasta el cansancio que éramos los “propietarios” absolutos de nuestros ahorros previsionales puestos por obligación en las AFP, pero cuando la crisis golpea y el fondo se desploma, descubrimos la cruda verdad de la letra chica: eres dueño soberano de las pérdidas y de la incertidumbre, pero jamás de las decisiones sobre tu propio dinero.

El dolor de cabeza que hoy sufre el chileno de a pie al revisar su cuenta y constatar que le faltan cinco, diez o quince millones de pesos no se pasa con una aspirina ni con explicaciones macroeconómicas. Es el síntoma evidente de un sistema agotado, un modelo inmoral que confunde la seguridad social —que debiera ser un derecho humano básico— con una estafa financiera de cuello y corbata.

Es hora de dejar de pedirle explicaciones técnicas a tecnócratas que nunca han caminado por una población ni saben lo que cuesta llegar a fin de mes con una pensión de miseria. Es hora de levantarse y decir ¡Basta!

Si en el Chile actual la vejez sigue siendo un sinónimo decretado de pobreza, despojo y desamparo, entonces la pregunta final ya no es de carácter económico, sino existencial para nuestra democracia: ¿Hasta cuándo vamos a seguir financiando con nuestra salud y nuestras vidas la opulencia de los que no producen absolutamente nada?

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