Los primeros en pedalear a Pali Aike antes de su consolidación como Parque Nacional
Por Albert Alarcón Godoí
Un grupo de jóvenes de Villa Punta Delgada emprendió una aventura que hasta ese momento nadie se había atrevido a concretar: recorrer 33 kilómetros de ida y vuelta en bicicleta hasta el cráter volcánico y cueva del Parque Nacional Pali Aike. No hubo competencia, ni trofeos, ni medallas o galvanos ni públicos, que el viento de la estepa magallánica. Pero lo que lograron en esa jornada quedó grabado para siempre en la historia de esta tierra fronteriza.
Todo nació de la idea de Winston Alarcón Cárdenas, vecino, explorador y profundo conocedor de cada rincón de la comarca gregoriana. Él ya había recorrido estos caminos en solitario, durante días enteros, con su bicicleta como única compañera. Y un día de octubre de 1995, lanzó el desafío:
– “¿Quién se anima a pedalear hasta Pali Aike?”.
Seis jóvenes dieron un paso al frente: Héctor Palma Velásquez, José Mayorga Sobarzo, Miguel Bahamonde García, Rolando Santana Andrade, Raúl Huerta Tapia y Kenny Alarcón Godoí. No todos contaban con el equipo ideal: unas eran robustas mountain bike de la época; otras, bicicletas más sencillas, no hechas para el terreno y con más de algún desperfecto. Pero como dirían después: “No importaba la máquina, sino quién la empujaba con el corazón”.
El 1 de noviembre de 1995, muy temprano, a las 5 horas, partieron desde el Plan Austral de Villa Punta Delgada. No todos llegaron. A unos 3 kilómetros del inicio, Raúl Huerta y Rolando Santana debieron regresar: sus bicicletas no resistieron el camino. Fue un momento difícil, pero la decisión estaba tomada, la caravana siguió adelante.
El camino no era generoso. Comenzó en la planicie esteparia de Punta Delgada, para luego ganar altura cerro arriba. Pasaron junto a los antiguos campos minados del Ejército de Chile, silenciosos testigos de un pasado tenso con los vecinos argentinos, herencia del conflicto por el Canal de Beagle. Hoy, esos terrenos descansan en paz, igual que aquella disputa que nunca llegó a estallar en guerra.
Más arriba se abría Pampa Larga: una recta infinita donde el horizonte parece no terminar, donde el viento soplaba con fuerza variable y donde las ovejas de la ex Cooperativa Bernardo O’Higgins pastaban entre el coirón de la estepa austral.
Los kilómetros se hacían pesados. El viento, a ratos compañero y a ratos adversario. Y estaba Kenny Alarcón, el menor del grupo, de físico aún en formación, empujando una mountain bike demasiado grande para él. Winston, firme como un faro, les había advertido al partir:
“Si el cansancio les gana, no hay vergüenza en volver: simplemente vuelvan a pie con la bicicleta al hombro si es necesario. Pero si deciden seguir, nadie los dejará caer”.
Y a pesar de que en cada kilómetro recorrido las piernas pedían descanso, nadie dio media vuelta. Winston, con su liderazgo sereno y sólido, no mostraba cansancio ni duda. Era el guía que todos necesitaban: conocedor del terreno, respetuoso del silencio de la pampa y voz de aliento cuando las fuerzas flaqueaban.
Llevaban consigo agua, algunos jugos “Yupi” preparados en botellas plásticas y sándwiches de carne de oveja, provisiones sencillas para una hazaña monumental. Hubo pausas de hidratación y descanso, sobre todo tras los primeros 5 kilómetros cuesta arriba desde Punta Delgada hasta el inicio de Pampa Larga. Winston Alarcón, el adulto responsable, llevaba una bicicleta de marca Oxford que con el tiempo fue equipando con guardabarros, velocímetro, radio a pilas con una larga antena anclada al manubrio y el típico botellón plástico de agua destacando en el cuadro principal.
Pero él siempre fue reportero e investigador por esencia: para estos registros contaba con una cámara fotográfica Praktica a rollo en negativo y una cámara filmadora Panasonic que, en cintas VHS, capturó esta y otras hazañas de los años 90 en estos parajes de la Patagonia. Por eso también los registros fotográficos que quedan de esta aventura los muestran en las inmediaciones de antiguas locaciones de Enap y posteriormente cuando llegaban al punto final del viaje; la cueva de Pali Aike. En esa época los registros no eran fáciles de revisar ni eliminar como hoy hacemos con un teléfono móvil o una cámara de acción, principalmente por temas de almacenamiento y baterías: reflejo mismo de que con poco también se puede realizar una gran hazaña cuando la meta se tiene fija y clara.
Y tras horas de pedaleo, de subidas interminables y de viento en contra, el paisaje cambió: aparecieron las rocas volcánicas y, al final del camino, el cráter y la cueva de Pali Aike, adornados por guanacos y ñandúes a su alrededor.
Cuando llegaron, la emoción fue indescriptible. No habían conquistado una cumbre nevada, pero para ellos fue como subir al Everest. Estar allí, juntos, sudados, cansados y sonrientes, en un lugar que hasta ese momento pocos conocían de cerca, les llenó el pecho de un orgullo que no cabía en palabras. Eran, sin saberlo del todo, los primeros ciclistas en llegar al Parque Nacional Pali Aike en caravana.
Por un par de horas contemplaron el lugar del que solo habían escuchado hablar: un espacio difícil de explicar y de olvidar, especialmente para un niño, que veía la inmensidad de paredones de roca cubiertos de líquenes que fueran en su momento hogar de nuestros pueblos originarios.
Estos chicos llegaron cuando aún no existían senderos y miradores. Sólo quedaban vestigios del paso del arqueólogo americano Junius Bird por la cueva de Pali Aike y de sus excavaciones, de la actividad ganadera y de las alambradas fronterizas con hitos distanciados por varios kilómetros, demarcando la división imaginaria entre territorio chileno y argentino. Fue una experiencia cargada de infancia, amistad y liderazgo que, sin duda, marca un antes y un después en la formación de cualquier joven cuando se trata de alcanzar metas.
Hoy, el territorio volcánico y estepario de Pali Aike sigue bajo la administración de Conaf, con instalaciones mejoradas, zonas para el turismo y la investigación científica, senderos y caminos de acceso en mejores condiciones. Hoy en vehículos 4×4 se recorre en poco tiempo este paraje único y monumental, con sus 5.030 hectáreas de naturaleza pura, volcanes y formaciones que poco a poco van tomando el protagonismo que merecen.
Hoy, a 31 años de aquella hazaña, recordamos a quienes llegaron, a quienes debieron volver y al hombre que encendió la chispa. Aquel día no hubo medios presentes, pero la verdadera crónica la escribieron con su esfuerzo y con la amistad fuerte e indestructible: una historia sin medallas, sin grandes recursos, pero con la mayor de las recompensas: la memoria viva y la certeza de haber marcado un hito. Nadie lo hizo antes. Ese mérito es suyo, para siempre.
El recuerdo de los ciclistas
Héctor Palma Velásquez:
“Mirar atrás y recordar que ya se cumplen 31 años de aquella primera cicletada juvenil hacia el Parque Nacional Pali Aike -antes de que Conaf tomará su administración- es reencontrarnos con la esencia pura de la aventura en el siglo XX. Partimos desde el asentamiento de la cooperativa Bernardo O’Higgins, donde gran parte de nuestras familias vivía de la ganadería, y otros éramos estudiantes de la escuela de la comuna. Con apenas 16 años, recuerdo que salimos con lo que teníamos; sin el equipamiento técnico del siglo XXI, al punto que dos compañeros debieron volver a mitad de camino por fallas mecánicas en sus bicicletas.
Más allá del esfuerzo de la subida y el retorno, se me quedó grabada la adrenalina de bajar a toda velocidad por las quebradas rumbo a la villa Punta Delgada, con la enorme responsabilidad de cuidar la cámara Panasonic que me habían encomendado para registrar la hazaña. Éramos seis jóvenes abriendo ruta, con más ganas que recursos, pero con un profundo amor por nuestro territorio que hoy, a la distancia, sigue intacto”.
Miguel Bahamonde García:
“Como anécdota tengo recuerdo de cuando el negro José choó con Héctor y cayó de cabeza en el ripio.
Y lo otro es que hicimos carrera con Kenny desde el cruce de Pali Aike hasta la villa, yo logré llegar primero a la villa Punta Delgada.
¡Fue agotador, pero lo pasamos super!”.
Kenny Alarcón Godoí:
“Me acuerdo de todo; que yo era el más chico, que salimos temprano y que llevamos unos panes con carne y harta agua. las subidas de ida fueron las más pesadas incluso recuerdo que en algún momento cuestionamos seguir y que no llegaríamos a Pali Aike porque por más que pedaleamos no se avanzaba nada y yo apenas alcanzaba los pedales de la bicicleta.
Cuando llegamos a la cueva mi papá nos mostró el lugar y nos contó la historia del lugar y los cráteres. Lo que más recuerdo es que a pesar de que teníamos un tremendo ancho del camino íbamos amontonados y eso terminó en que chocamos todos. Tuvimos que parar y tirarnos en la pampa de tanto reír, nos llegaba a doler la guata riéndonos”.
Rolando Santana Andrade:
“Haciendo memoria lo que más costaba era la subida larga desde la villa desde el cerro que decía Enap hacia el parque, un camino de rectas largas y también de varias curvas y el hecho que el camino era de ripio más la rigidez del asiento maltrataban mucho”.
José Mayorga Sobarzo:
“Para empezar fue muy divertido, Una linda experiencia con los chicos. Creo fue la primera vez que íbamos para arriba, siempre íbamos como para el “Tubo Negro” y a la “Piedra (vertiente donde nace el agua que abastece a Villa Punta Delgada). Pero esa vez la organizó el tío Winston la expedición a las cuevas de Pali Aike y ahí fuimos todos para allá.
“Y lo pasamos muy bien, me acuerdo de que mi mamá nos preparó unos panes con huevos, agua y cosas para llevar, hace poco fui a la villa y yo hice la misma ruta solo y no sé cómo lo hicimos siendo niños porque igual es harto”.
Winston Alarcón Cárdenas, guía de la Expedición Juvenil
“Una gran responsabilidad porque se trataba de niños más que jóvenes, lo difícil era tener que atajar a los que querían adelantarse y, a la vez, esperar y alentar a los más chicos que quedaban atrás. Recuerdo aquella ocasión cuando a Rolando Santana le falló la bicicleta subiendo a Pampa Larga pasado el campo minado y tuvo que volver caminando hasta la villa Punta Delgada. También de lo básicas que eran las bicicletas y lo escasas que eran aquí. Esa vez llevé mi cámara fotográfica de marca Praktica y una cámara filmadora Panasonic con la cual registramos en cassette VHS aquella jornada y que nos permite de alguna forma volver al pasado después de tantos años”.





