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Navegación en la zona austral y la prevalencia de la cordura

Por La Prensa Austral Martes 3 de Noviembre del 2026

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Frente a la inminente reapertura de la ruta comercial marítima entre Punta Arenas y las islas Malvinas/Falkland a través del buque de bandera chilena Danstar, las cancillerías de Chile y Argentina han ofrecido una necesaria y ponderada lección de madurez institucional. Lejos de ceder a las presiones del alboroto mediático o a la retórica inflamada, las declaraciones cruzadas de ambos ministerios de Relaciones Exteriores han devuelto el debate al terreno donde siempre debió permanecer: el del estricto apego al derecho internacional, los tratados bilaterales y la libertad de tránsito marítimo.

Desde Punta Arenas, el canciller chileno Francisco Pérez Mackenna fue categórico al descartar la necesidad de implementar medidas de seguridad extraordinarias para la nave, recordando con serenidad que “la navegación está garantizada por los tratados que hemos firmado”. La diplomacia chilena hizo alusión explícita al Tratado de Paz y Amistad de 1984, marco legal vigente que regula de forma precisa el tránsito marítimo en el extremo austral y que obliga a ambas naciones a actuar en todo momento conforme a las reglas del derecho.

Por su parte, el canciller argentino Pablo Quirno complementó esta perspectiva tras su participación en la cumbre ministerial del G20. El jefe de la diplomacia trasandina defendió abiertamente el libre tránsito marítimo, señalando que “ningún país puede obstruir el tránsito marítimo y desconocer las reglas internacionales”, y enfatizando que el comercio global requiere certidumbre, reglas claras y libertad de producción e intercambio.

Esta coincidencia discursiva entre Santiago y Buenos Aires no es casual. Refleja el peso de décadas de construcción institucional compartida y la profunda integración que se vive de manera cotidiana en la Patagonia y la Región de Magallanes.

Esta demostración de prudencia por parte de ambas cancillerías constituye el mejor antídoto frente a las voces disonantes y beligerantes que, desde sectores afiebrados o análisis desmedidos -frecuentemente impulsados por opiniones de militares en retiro o sectores ultraintegristas-, intentan fabricar un ambiente de tensión bilateral que no se condice con la realidad. Agitar el fantasma de incidentes o “eventos críticos” ante el legítimo desplazamiento comercial de una nave privada implica ignorar la fortaleza de las herramientas diplomáticas bilaterales existentes.

Hacerse eco de discursos chauvinistas o alarmistas solo contribuye a enturbiar una relación vecinal que ha demostrado ser sólida, cooperativa y pragmática. Cuando las reglas del juego están claras y respaldadas por acuerdos internacionales ratificados por ambos Estados, el deber de la opinión pública y de los medios de comunicación es respaldar la vía diplomática y desestimar las provaciones aisladas que buscan retrotraer a la región a lógicas de desconfianza superadas.

El apego irrestricto a los tratados internacionales no representa una postura pasiva, sino el ejercicio más elevado de la soberanía y la responsabilidad internacional.

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