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El cierre del Hogar de Cristo

Por Marcos Buvinic Domingo 4 de Octubre del 2020

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Una sorpresa llena de consternación es la que ha sacudido a muchos habitantes de nuestra ciudad al recibir, en esta semana, la noticia de que los directivos de la Fundación Hogar de Cristo han decidido, en Santiago, el cierre de la residencia para adultos mayores “Juan Pablo II” de Punta Arenas. Una resolución que ha sido tomada en medio de la pandemia que nos aqueja, donde los más afectados son, precisamente, los adultos mayores.

Por cierto, la crisis global de la pandemia ha significado, también, una muy difícil situación económica para que el Hogar de Cristo pueda mantener en funcionamiento sus diversos programas en el país. De hecho, para fines de este año son 28 los programas sociales que la Fundación Hogar de Cristo ha decidido cerrar en el país, entre ellos la residencia de adultos mayores de Punta Arenas.

Sin embargo, resulta muy difícil de comprender que una decisión de este tipo se haya tomado sin ningún tipo de diálogo y discernimiento con la comunidad regional, con la Iglesia en Magallanes, o cualquier otro interlocutor. Simplemente, los ejecutivos considerando la complicada situación económica de la Fundación Hogar de Cristo tomaron la decisión de cerrar algunos programas. No ha habido un discernimiento que implique diálogo con los sujetos involucrados, sino que es una decisión tomada por razones económicas y de un modo centralista y vertical, no de un modo dialogal, ni en clave de discernimiento ni de manera eclesial.

Entonces, nos preguntamos si acaso no se podía haber dialogado e involucrado a personas e instituciones de la región para ver si era posible encontrar recursos que evitaran llegar a la decisión del cierre de la residencia de adultos mayores “Juan Pablo II”. ¿Acaso no era posible hacerse cargo del legado del Padre Hurtado de buscar una solución para el drama de los adultos mayores pobres “dando hasta que duela”? Aquí el dolor no ha estado en el dar, sino que la decisión de no dar es la que nos ha dejado adoloridos, estupefactos y preguntándonos qué pasa con el legado del Padre Hurtado. Resulta incomprensible que la institución fundada por san Alberto Hurtado y portadora de su misión de servir a Cristo en los pobres y despertar la solidaridad en nuestro pueblo, actúe de esta manera simplemente empresarial.

Las palabras del Padre Hurtado dichas hace seis décadas adquieren una nueva actualidad ante esta decisión: “enorme es el escándalo de quienes ven gozar a un sector de la sociedad de todas las delicias de la vida, mientras ellos carecen de todo”. Y añadía el Padre Hurtado: “el que no ha sufrido la pobreza, no sabe lo que es”. También, hoy día, muchos no saben ni se imaginan lo que es ser anciano y tener que sobrevivir con una pensión miserable; muchos que ni se imaginan los dramas cotidianos de los millones de chilenos que viven en la pobreza; muchos no se imaginan lo que es ser niño en un hogar del Sename, y tantas otras situaciones.

En la decisión tomada por los directivos nacionales del Hogar de Cristo de cerrar la residencia de adultos mayores de Punta Arenas, no sólo se ha ninguneado a la comunidad local en alguna búsqueda de eventuales soluciones, sino que no se percibe que esté presente el significado de esa residencia para la comunidad magallánica, que con una masiva colecta popular preparó esa emblemática casa de calle Balmaceda como un signo de servicio a los más pobres, con ocasión de la venida del Papa Juan Pablo II a Punta Arenas, en 1987. Resulta, pues, del todo incomprensible hablar del cierre de la residencia de adultos mayores del Hogar de Cristo, porque Cristo nunca cierra su casa para los pobres.

Ciertamente, es posible pensar que la comunidad magallánica, los cristianos de la ciudad, y también el gobierno regional podrían unir esfuerzos para encontrar alguna solución que permita revertir esta decisión que aparece como que una empresa a nivel nacional ha resuelto cerrar una de sus sucursales y, luego, comunica el hecho consumado a sus funcionarios y usuarios. La diferencia es que aquí no se trata de usuarios, sino de los “patroncitos”, como decía el Padre Hurtado a quienes hay que servir como a Cristo mismo, dando hasta que duela.

Resulta incomprensible que, para quienes dirigen la Fundación Hogar de Cristo, el asunto se reduzca a la difícil comunicación de una complicada decisión y simplemente avisen lo que han resuelto y se nieguen -hasta ahora- a dialogar con la comunidad local en la búsqueda de alguna solución. Nos anima la esperanza que se abran al diálogo y juntos se pueda buscar alguna solución, porque Cristo no puede cerrar su casa a los adultos mayores pobres y sufrientes.