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Todos podríamos ser Raúl Moya

Por Eduardo Pino Viernes 2 de Abril del 2021

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El nombre de Raúl Moya ha estado presente en los medios durante el último tiempo. El destino le preparó la prueba más dura que jamás pudo imaginar, ya que el 28 de febrero su esposa e hija sufrieron una encerrona que tenía como objetivo el robo de su auto a manos de un grupo de adolescentes. Si bien esta experiencia ya resulta difícil de digerir para cualquiera, la verdadera tragedia detonó cuando uno de los delincuentes asesinó, sin mediar provocación o justificación alguna, a su hija Tamara de sólo 5 años. A pesar que la madre no opuso resistencia y entregó el auto, el juvenil criminal percutó su arma en contra de la indefensa niña, en un acto carente de toda lógica y humanidad.

La opinión pública se impactó aún más cuando, con pocas horas de diferencia, el pequeño Itan de 6 años también muere de un disparo en un enfrentamiento entre delincuentes y la policía en un incidente similar, pues parece que los asaltantes han encontrado en las encerronas una lucrativa actividad. Si bien la delincuencia provoca en las personas una lógica reacción de repudio, la muerte de niños golpea de manera brutal nuestra conciencia y principios de cómo evaluamos la realidad, con un compromiso emocional que dificulta la frialdad razonable.

Algunas de las declaraciones expresadas por Raúl Moya llamaron la atención de personas que calificaron agresivas sus palabras, al referirse que debe ser considerado reestablecer la pena de muerte en nuestro país ante casos como éste. Una cosa es la necesidad de delinquir ante las carencias que se tengan en la vida, pero otra distinta es la crueldad innecesaria que ostentan mentes criminales, sin medir las consecuencias de sus actos o simplemente ignorando el drama que dejan a su paso.

Pero el mismo destino que se ensañó con esta familia, muchas veces obra de maneras desconocidas y desconcertantes, pues a menos de un mes de ocurrida la tragedia, en otra encerrona un carabinero da muerte al presunto autor de la muerte de Tamara. Aunque no se ha ratificado completamente, la policía admite que era uno de los sujetos que se encontraba entre los sospechosos, mientras que Raúl Moya está convencido con total seguridad que efectivamente se trata de él.

Si bien admite que algo de tranquilidad le trajo la noticia, nada cambiará la tristeza perpetua a la que él y su familia fueron condenados ese 28 de febrero. Si bien se le ha visto fuerte en las entrevistas y la convocatoria a una marcha para llamar la atención de la comunidad y las autoridades  ante estos hechos, no es difícil imaginarse que internamente recién comienza un proceso de reparación tan propio como difícil, pues después de esto nada volverá a ser igual para este hombre.

Como era de esperarse, se ha conocido la historia del presunto asesino de Tamara, que a sus cortos 16 años presentaba un nutrido historial de conductas antisociales, una abultada cantidad de detenciones por variados robos e incluso una violación a una mujer junto a otro joven cuando sólo tenía 13 años, quedando libre al cuidado de su madre debido a su corta edad. El abandono familiar lo vivenció desde muy pequeño, así como el consumo de drogas y el cobijo de pandillas dedicadas a delinquir.  La terrible y lamentable historia de este menor de edad, ¿aplacará en algo el sufrimiento y la rabia de Raúl Moya?, ¿logran las víctimas de delitos violentos justificar los actos de sus agresores debido a la vulnerabilidad que han presentado en sus vidas?, ¿la justicia posee las herramientas necesarias para proteger de manera efectiva a la sociedad y al mismo tiempo ayudar a quienes han sido vulnerados en sus derechos, para convertirse en futuros victimarios? o ¿simplemente nos debemos resignar a seguir consternándonos cada cierto tiempo ante hechos como éstos pues así es la naturaleza humana?  Mientras algunos discutirán esto en abstracto con frases de buena crianza, Raúl Moya tiene claro que seguirá expresando y luchando por sus convicciones, las que merecen ser escuchadas y analizadas genuinamente. Es su derecho y lo merece.