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Eduardo VIII en Chile

Por Jorge Abasolo Lunes 10 de Mayo del 2021

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La semana pasada gané una apuesta ante unos amigos, al asegurarles que Eduardo VIII, (Duque de Windsor) y el Príncipe que renunció al trono para casarse con la plebeya Wallis Simpson estuvo una vez en Chile.

Lamentablemente la apuesta no se ha podido pagar, pues con esto de la cuarentena hasta las ostras siguen cerradas.

¿Cómo fueron los hechos?

Chile vivía en azaroso año 1931 y se anunciaba que el príncipe de Gales, Eduardo de Windsor, llegaría a Chile acompañado de su hermano menor, Jorge de Kent.

El visitante era un tipo enfermo por la facha, demasiado preocupado de su apariencia personal, aunque en los salones destacaba por su galantería y buen trato. A la hora de hablar e intercambiar opiniones, su tema predilecto era la economía, tema donde demostraba una ignorancia supina.

Antes de partir de Londres a estas sísmicas tierras, declaró que debido a la fortaleza de la economía chilena, la crisis mundial no afectaría gran cosa a nuestro país, pero la verdad dijo otra cosa, pues Chile quedó en la cuerera y con una economía cavernaria de la que costó salir.

Las ilustres visitas llegaron a Chile un 21 de febrero de 1931. Fueron agasajadas en Santiago y Valparaíso hasta el 26 de febrero, desarrollando un nutrido programa social, paseos y cenas de gala que solo sirven para llenar las páginas sociales de los diarios y revistas del momento.

El viernes 27 tomaron el tren al sur, para lo cual se puso a su disposición el coche presidencial, para luego continuar hacia la Argentina a través de la ruta que atraviesa los lagos Llanquihue y Todos los Santos.

Los ilustres visitantes se alojaron justamente a orillas del lago Llanquihue, vecina a la localidad de Puerto Octay.  Al ser turistas de la realeza, provocaron gran euforia y una ola de curiosidad entre los vecinos de Puerto Octay, acostumbrados a ver gente común y corriente por esos pagos. Toda esa marea de simpatía contrastaba con el carácter hostil y poco amistoso del Príncipe, quien no disimulaba su adicción por el whisky y el champagne.

Encontrándose de muy mal genio, por no tener su licor favorito a mano, trató de abrir personalmente una caja de madera que contenía las botellas, pero con tan mala suerte que le saltó una pequeña astilla en un ojo, por lo que debió ser llevado de urgencia al Hospital de Puerto Octay. Allí, un médico lo atendió lo mejor que pudo y luego le pasó la cuenta, lo que extrañó al futuro rey, quien se limitó a decir: “No tengo dinero por el momento, por lo que le pido que pase la cuenta a la embajada británica para que se la cancele”.

Como se trataba de un monto bajo y obtener el pago involucraba un trámite muy engorroso, el galeno prefirió llenar una planilla que se utilizaba para los indigentes, cuya atención era gratuita y le pidió al Príncipe que se la firmara para acreditarlo. (¡SIC!)

A veces las charreteras, los jubones, las medallas, el status, los títulos o el pedigrée de un ser humano no sirven de mucho.

Cierto, pues piluchos somos todos crespos.