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Julio Díaz, el vendedor ambulante más antiguo de los que están quedando en Punta Arenas

Por La Prensa Austral Domingo 16 de Mayo del 2021

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– “Antiguamente una persona llevaba 10 kilos de pejerreyes. El que menos compraba eran dos kilos, o de robalo, y lo llevaban colgados en un alambre, no como ahora que si no les doy una bolsa nylon no llevan nada”, señala.

Empezó a trabajar con su abuelo a los 9 años de edad. Es nacido y criado en Punta Arenas y, por eso, Julio Díaz Callún señala con mucho orgullo ser el único ambulante de su rubro de estas tierras, vigente nada menos que desde hace 60 años.

Mucho tiene para decir de los cambios que ha visto de su natal ciudad. Ha sido un testigo privilegiado del paso del tiempo, en cada esquina donde ha trabajado por años.

Partió en Errázuriz con Nogueira, “frente al teatro Politeama”, recuerda. Ahí vendió por muchísimos años hasta que vino el incendio del cine y se trasladó a las afueras del supermercado Livacic (Errázuriz y 21 de Mayo). “Posteriormente me fui a Marisol, en Zenteno, donde permanecí varios años, hasta que cerró y me vine acá, donde igual llevo mucho tiempo (Errázuriz esquina Chiloé). Fue como volver al barrio”.

Una gran familia

Orgulloso se refiere a la familia que formó junto a su esposa y compañera de toda la vida por más de 50 años, Enriqueta Aguilar Aguilar. “Tenemos tres hijos y como siete nietos. Ninguno me siguió los pasos y es bueno porque uno siempre quiere lo mejor para ellos”.

Hay pobreza

“Me acuerdo los tiempos en que uno ganaba 10 centavos, era otra moneda. Y también le puedo contar que vendí El Magallanes y La Prensa Austral”, comenta.

Antes el rubro de la construcción ayudaba mucho a sostener las ventas. “Antiguamente una persona llevaba 10 kilos de pejerreyes. El que menos compraba eran dos kilos, o de robalo, y lo llevaban colgados en un alambre, no como ahora que si no les doy una bolsa nylon no compran. Los erizos recuerdo que se lo entregaba a la gente en cajas de zapato que iba a buscar a Bata u otra zapatería.

“Las centollas las hacíamos caminar en el piso. Todo ha cambiado mucho. Yo le decía a la gente que iba a llegar el momento en que no íbamos a ver la centolla y así fue. Aunque tengamos tremendo mar todo se lo llevan al extranjero. Nosotros ya no la comemos”.

Llega a las 10 de la mañana a instalar su puesto de venta, cargando la mercadería en un triciclo que ha sido su amuleto y compañía por décadas. “Para mí es como una bendición porque un día fue a la casa un hombre y me lo dejó de regalo. Era un triciclo nuevo. Y hasta los días de hoy nunca supe quién fue. A lo mejor debo conocerlo pero nunca se atribuyó el regalo. De eso ya han pasado más de 20 años y por eso la conservo, es mi transporte fiel”, dice Julio Díaz.

Confiesa que ahora cuesta más vender y hay que estar muchas horas en la calle, “porque la gente compra de un kilo o me pide 2 o 3 pescaditos. Acá realmente se ve la pobreza que hay en Punta Arenas. Está tapada, no se nota. Pero uno la ve cuando la gente viene a comprar y ve que no les alcanza. A veces piden dos pejerreyes y me da no se qué cobrar esa cantidad”.

Como reflexión de vida este sencillo y esforzado hombre de trabajo señala que la gente nunca debe olvidar sus raíces y menos ser mal agradecido, “sobre todo de cómo el Señor lo tomó para levantarlo”.