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A.C.: ¿campeonato o “pichanga”?

Por Eduardo Pino Viernes 11 de Junio del 2021

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Cuando niños, en las “pichangas” de barrio el protagonista clave no era necesariamente el que tenía mayores habilidades en el dominio del juego, ni el goleador, ni el arquero que protegía la portería, ni siquiera algún improvisado árbitro que dictaba justicia. El sujeto del que todos estaban pendientes era el dueño de la pelota, especialmente si presentaba conductas temperamentales, pues al más mínimo atisbo de insatisfacción ante un cobro que no considerase adecuado a sus intereses, simplemente tomaba el balón y se mandaba a cambiar, dejando a todos “pagando”.  En casos de extrema “sinvergüenzura” (matizados por el egocentrismo infantil y la escasa importancia que los adultos atribuían al resultado de un juego en la calle por un grupo de niños), los noveles peloteros preferían estar en el equipo del propietario del objeto más codiciado en el improvisado campo de juego (la calle y un par de piedras o prendas de vestir para delimitar los arcos), pues así se aseguraban que cualquier cobro dudoso, o no tanto, se inclinaría a su favor.

Distinto es cuando se participa en un campeonato organizado por alguna institución. No sólo porque la estructura del lugar es adecuada (uniformes que diferencian a los equipos, límites demarcados del campo de juego, arcos que no dejan dudas en la concreción de algún gol, un árbitro imparcial que toma decisiones, tiempo acordado de juego, disponibilidad de balones sin depender de los caprichos de nadie), pero sobre todo, ante cualquier conflicto se recurre a las bases o reglamento que todos los participantes acordaron respetar, por más que muchos ni siquiera supieran de su existencia pues lo único que deseaban era jugar y ganar. De esta manera hemos ido aprendiendo a convivir socialmente con otras personas en comunidad, pues una cosa es sentirse frustrado porque no se satisfagan nuestros deseos, y otra muy distinta es sentirse perjudicado cuando otros violan las reglas que se acordaron. Los desarrollos morales avanzados no siempre están de acuerdo con todas las leyes, y aunque algunas veces las rompen en pos del bien común o valores superiores (no para la propia conveniencia), hacen esfuerzos por cambiar aquellos aspectos de la ley que no se relacionan con la justicia. Por eso es fundamental que las leyes reflejen los valores y principios de una sociedad, pues sólo respetándolas (o cambiándolas consensuadamente), se podrá lograr el desarrollo.

Estamos en un momento histórico único, en qué basados en el convencimiento de la necesidad de replantear nuestra Constitución, hemos elegido a los ciudadanos que redactarán un nuevo marco de funcionamiento en nuestro país, donde se supone el diálogo sería la base de una relación de intercambio cultural, para conocer las necesidades e intereses de los diversos sectores. Esto nos llevaría a empatizar con los demás, estableciendo procesos de negociación en que se llegue a acuerdos que nos transformen en una nación más justa, con tomas de decisión asertivas y producto de un trabajo serio, inclusivo y pragmático.

A menos de un mes para el inicio de su funcionamiento, antes siquiera de comenzar lo que será un encuentro de ciudadanos ejemplares e idóneos que nos representan, un grupo de ellos ha presentado su predisposición a “romper las reglas” que aceptaron al momento de postular. Algunas voces le han bajado el perfil a este hecho, mientras otras han sido claras en criticar que lo mínimo para comenzar a dialogar es respetar las reglas de juego, más allá que acomoden o no a los intereses personales, o en este caso partidistas. Los cambios son necesarios y de éstos depende nuestro futuro, pero si esta Asamblea se convierte en una versión 2.0 del Parlamento, en que el objetivo principal es la toma del poder por sobre las necesidades de las personas y la factibilidad de los cambios, tendremos que acostumbrarnos los próximos meses a un nuevo espectáculo desagradable de personalismos y decisiones populistas que esperan la ovación de unos pocos que se arrogan la representación del “pueblo”, mientras la ciudadanía en general  lamenta la falta de grandeza de quienes fueron elegidos. Comenzar por respetar los acuerdos, para cambiar lo que sea necesario a través del diálogo, es el primer paso para mirar con optimismo el futuro. Confiemos que no sea el primer tropiezo de una “pichanga”.