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Un triste récord: mujer se dializa hace 34 años y afirma que en pandemia ha partido la mitad de los pacientes

Por La Prensa Austral Sábado 17 de Julio del 2021

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Como muchos enfermos renales se imaginó que sería un tratamiento por poco tiempo, pero con el
transcurrir de los años se dio cuenta de que era una nueva forma de vida, a la que debió acostumbrarse.

Hace 34 años que Jenny Contreras Contreras (53 años de edad) se somete a diálisis producto de una falla renal, lo que significa depender de una máquina para vivir. Ella es uno de los pacientes que más tiempo lleva en diálisis en el país, experimentando en carne propia el impacto que tiene en la calidad de vida y la falta de apoyos existentes.

En su condición de presidenta de la Asociación de Dializados y Trasplantados de Chile (Asodi) filial Punta Arenas, señala que los riñones no duelen y no dan mayores molestias, entonces cuando una llega al médico a consultar, no hay nada más que hacer, es la diálisis o un trasplante. Explica que es un cambio de vida, más si se trata de la persona que lleva el sustento al hogar, porque ya no se puede trabajar, por lo tanto muchos pacientes dependen de la pensión básica solidaria, de manera que la diálisis no es sólo un problema de salud, sino también social y económico.

“Es una de las enfermedades más complejas que existen, porque en el fondo uno depende totalmente de un filtro que hace la función renal. Nunca más eres libre, de la máquina sales trasplantado o muerto, no hay posibilidad que salgas de otra forma y vives con esa carga emocional. En mi caso llevo 34 años en diálisis y he conocido a muchas personas, pero cada vez que se va un compañero, es una pena tremenda. La pandemia lo hizo más terrible, en nuestra agrupación éramos alrededor de 70 personas y se ha ido la mitad, entonces ha sido un año muy doloroso”, subraya.

El comienzo de la diálisis

Contreras sostiene que si la persona carece de redes de apoyo, se ve enfrentada a una enfermedad muy complicada e invalidante. En su caso ha visto la evolución de la diálisis. Y es que cuando comenzó a finales de 1986, con sólo cinco pacientes, era mucho más desgastante pues se trataba de un tratamiento nuevo en Magallanes. “Uno no tenía ninguna posibilidad de ir a otro lado, era muy esclavizante y la calidad de vida se perdía mucho más que ahora. Entrabas a diálisis y a los 15 minutos ya estabas en malas condiciones, pero tenías que aguantar. La calidad del agua para diálisis era diferente, las máquinas también y había poca experiencia también porque era un tratamiento relativamente nuevo en Punta Arenas”, recuerda.

Como muchos enfermos renales se imaginó que sería un tratamiento por poco tiempo, pero con el transcurrir de los años se dio cuenta de que era una nueva forma de vida, a la que debió a acostumbrarse.

“Vivimos en una agonía constante”

Los enfermos sometidos a diálisis viven en una agonía permanente, donde la muerte siempre está latente. “Nosotros estamos constantemente en esa rueda”, complementa.

Son cuatro o cinco horas que están sentados en un sillón de diálisis, día por medio, una rutina que arrastran por años los pacientes. Cada vez que muere un compañero, es como si perdieran un familiar. “En la pandemia fue especialmente difícil porque se fueron muchos, gente muy querida, cercana y eran de la agrupación. Nos faltan muchos. Lamentablemente esta es una enfermedad que va en aumento y posibilidades de trasplante no hay, es sólo la máquina y hasta donde lleguemos”.

Es todo un drama emocional y económicamente porque la mayoría vive de una pensión atendida su enfermedad renal. Por tal razón como Asodi han gestionado proyecto, para entregar canastas con alimentos en los domicilios. “Gracias a Dios nunca nos enfermamos, pero un compañero murió en nuestros brazos. Un día fuimos a dejar una canasta a una persona que vivía sola, se dializaba, murió ahí, le dio un paro cardiorrespiratorio, tratamos de salvarlo, de hacerle reanimación. Cuando llegó la ambulancia ya no había nada más que hacer, y así con todo tuvimos que ir a diálisis sabiendo que nuestro compañero acababa de partir”.

En la unidad de diálisis del Hospital Clínico existe un código azul, el cual se activa cuando un paciente está en paro cardiorrespiratorio, alertando a médicos, quienes acuden prestamente para intentar salvarlo. Unos han vuelto, otros no. “En pandemia vimos a compañeros a quienes les subió bruscamente la temperatura, se los llevaron y nunca más los vimos, no hubo duelo, ni nada. Creo que de los años que llevo en diálisis este ha sido uno de los más complicados. No tenemos un psicólogo y ya no sabemos de que forma pedirlo”.

Al final, reflexiona en los siguientes términos: “He vivido más de la mitad de mi vida en una máquina, tengo 53 años y he vivido casi 34 años conectada a un equipo, ni siquiera recuerdo mi juventud sin diálisis, mi vida ha pasado ahí, los días transcurren muy rápido. Yo doy gracias a Dios, a pesar de que no soy muy religiosa, de que vivo la yapa, y hace rato. Creo que soy la más antigua de Chile en diálisis y los he vivido a mí manera”.