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Fumar es un placer… peligroso

Por Jorge Abasolo Martes 18 de Enero del 2022

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¿Será necesario insistir en los daños que causa el tabaco? A pesar de las estadísticas que muestran más de dos millones de víctimas fatales por año en el mundo como consecuencia de este vicio, los fumadores se multiplican como callampas después de la lluvia.

Fíjese amigo lector que si usted deja de fumar:

-A los 20 minutos la presión, el pulso y la temperatura se normalizan.

-A las 24 horas disminuye el riesgo de infarto cardíaco.  ¿Qué tal?

Ahora si usted deja de fumar de noche cómodamente acostado en su cama, disminuye el riesgo de que se le incendie la casa.

A través de un reportaje me enteré que las mujeres fuman para calmar la ansiedad, más que los hombres. Los machos tenemos también el copete como válvula de escape. Las mujeres cuando liban, rebajan su condición de tales. Cultura atávicamente machista, claro. Pero ya es así la cosa.

Dejar de fumar es una tarea tan difícil como hacer gárgaras boca abajo. Consideremos que 4 millones 780 mil chilenos tiene esta adicción, cifra que incluye una estadística más preocupante aún: uno de cada tres escolares chilenos de entre 13 y 15 años es fumador.

Mis vivencias empíricas me han llevado a concluir que el cigarrillo es un ansiolítico barato y aceptado socialmente, razón por la que su consumo se justifica hasta lo indecible.

En el condominio en que vivo tengo un vecino que fuma más que gitana vieja. Y lo peor es que se transformó en fumador impenitente a raíz de la publicidad engañosa (en verdad no conozco otro tipo de publicidad).

Lo que ocurre es que el marketing insiste en hacernos creer que ciertas marcas de cigarrillos permiten que uno nade mejor, se mantenga joven, ande en estupendos autos y tenga tanto éxito con las mujeres como un millonario viejo y con Parkinson.

Mi amigo se compró el cuento. Me dijo que empezó a fumar cierta marca de cigarros porque se iba a convertir en algo así como un sacapuntas. O sea, se iba a comer las mejores minas.

Llegó al extremo de fumarse dos cajetillas diarias, pero no pasaba nada con las mujeres. Intenté persuadirlo de su error, pero con entusiasmo de político en campaña, me dijo que era cuestión de tiempo. A los cinco meses me llamó por teléfono para contarme que al fin se había pinchado una mujer sensual, estupenda, de esas que sólo se ven en los calendarios. Me contó que ya había marcado la cita con ella para un viernes.

De puro copuchento lo llamé el lunes para saber cómo le había ido en su cita con la chica de calendario. Acongojado, me confesó que todo anduvo bien hasta que salieron a bailar. Al segundo atraque ella lo rechazó por tener muy mal aliento y los dientes amarillos.

Desde ese día mi amigo dejó el cigarro.

La ciencia nos ha demostrado ahora que no hay que chupar el cigarro para envenenarse. Basta que otro fumador eche humo en una habitación cerrada o nos arroje su pútrido aliento en el rostro para “acortar nuestras vidas”.