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En el siglo XIX surcó los océanos en la mítica carrera del té

Ambassador, el clíper olvidado

Por La Prensa Austral Lunes 2 de Mayo del 2022

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orillas del estrecho, frente a la estancia San Gregorio yacen el ex vapor Amadeo y la barca Ambassador.

El oleaje y el robo han hecho lo suyo en ambas embarcaciones pero, principalmente en el otrora valeroso Ambassador que alguna vez navegó frenético en la llamada carrera del té, entre China e Inglaterra.

Del recubrimiento de madera del casco no queda nada. Sólo los fierros se resisten al oleaje y la oxidación, que han hecho su trabajo implacable. Los tres palos del barco se derrumbaron al igual como ocurrió en su embarcación vecina que vio caer sus mástiles y la chimenea, mientras el casco se destruye carcomido por el mar.

La historia del Ambassador

Quienes arriban al sector playa de San Gregorio pueden observar un escueto cartel: “Barca Ambassador. Construida en Londres y luego desechada en 1869. Llegó a Punta Arenas el año 1899 donde fue destinada como pontón por los siguientes 40 años. Se declaró monumento histórico el 7 de enero de 1974”.

Tal vez, por alguna mala traducción, se equivoca la fecha del cartel. Varios textos coinciden en que 1869 es el año de la botadura del velero. Antes de cambiar su velamen a barca fue clíper, nombre con el que se recuerda a los más veloces veleros que se hayan construido y que eran capaces de alcanzar hasta 18 nudos llevando valiosa carga en largos viajes oceánicos.

La más emblemática de las rutas es recordada como la carrera del té y consistía en unir los puertos de Cantón, Fuchou o Manaos (Brasil) con Londres y lograr así los mejores precios para el producto.

Según recuerda la serie impresa “La Aventura del Mar” de Time-Life, en cada primavera, una docena de clípers se reunían a aguardar la cosecha del año en Fuchou. “Comenzado el embarque, proseguía a un ritmo febril las veinticuatro horas, durante dos o tres días, sin descansar los domingos y sin dilación en el trabajo. Algunos capitanes apostaban sus marineros en las bodegas, armados con palos de bambú para sacudir a cualquier cargador que intentase holgazanear”.

Aprovechando hasta el último rincón del barco para transportar las cajas de té, los veleros iniciaban su larga travesía a Londres. Buscaban los mejores vientos para cruzar el mar de la China, el océano Indico y, el Atlántico, a la cuadra de las costas de Africa. Arribados a Londres, donde se disputaban los remolcadores, se atracaba, se descargaba de inmediato y el producto se vendía al día siguiente.

El Ambassador prestó servicios hasta aproximadamente el año 1875 en la ruta de Londres al oriente. La historia dice que realizó su mejor crucero el año 1872 con un total de 108 días de navegación en el viaje de regreso.

Según antecedentes reunidos por el historiador Mateo Martinic, en 1874 cambió su aparejo a barca y continuó sus operaciones entre Europa y el lejano oriente y la costa atlántica de Estados Unidos. Se recuerda una travesía de 114 días entre Yokohama y Nueva York, vía cabo de Hornos.

En un viaje de Nueva York a Melbourne enfrentó un huracán que le causó cuantiosos daños. Las olas barrieron la cubierta y se llevaron a 4 de sus 20 tripulantes que navegaban al mando del capitán C. Prehn. También se perdieron todos los botes y la rueda del timón.

Luego, perteneció a diversas compañías y un nuevo huracán la afectó en el Atlántico. Buscó refugio en Port Stanley en Las Malvinas, donde quedó fondeada con severos daños.

El 10 de enero de 1896 es adquirida por el comerciante de Punta Arenas Frank Townsend quien, con la nave ya en esta ciudad la ofreció en venta a José Menéndez y Mauricio Braun. Ambos empresarios la compraron para destinarla como pontón para el depósito de lanas y otros productos. Así permaneció por cerca de 40 años hasta que sus propietarios decidieron vararla en San Gregorio, junto al Amadeo.

El mascarón del proa

Varada, fue perdiendo el recubrimiento de madera de teka del casco y fue despojada, en una fecha indeterminada, de una de sus más preciadas reliquias, la cabeza del mascarón de proa.

El empresario y buzo Francisco Ayarza, quien había llegado a esta zona para efectuar trabajos para Enap hace unos 25 años, se puso en contacto con el historiador Mateo Martinic y le sugirió que el mascarón fuera rescatado y conservado en un museo antes que despareciera por completo.

Con la autorización del Consejo de Monumentos Nacionales, que ya había declarado al Ambassador como Monumento Histórico, la pieza fue removida y trasladada al Instituto de la Patagonia, donde fue restaurada y puesta en exhibición. Ayarza lamenta que no haya aparecido la cabeza.

Pese a la destrucción y al avanzado estado de oxidación que presenta la estructura, el Ambassador sigue siendo uno de los restos navieros de culto para los amantes del mar.

Lamentablemente, en su ubicación actual y azotado por el oleaje, sólo le espera su destrucción, a no ser que se lleve a cabo algún proyecto para aislarlo del mar y prolongar su existencia junto a su compañero de varada, el otrora insigne vapor Amadeo.