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Ni Churchill ni Eisenhower: quién fue el verdadero héroe del Día D, un meteorólogo que hizo retrasar el desembarco

Por La Prensa Austral Martes 14 de Junio del 2022

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  • Los aliados tenían todo previsto para atacar con dos millones de hombres y cinco mil barcos las costas de Normandía el 5 de junio para terminar con la ocupación nazi de Francia, pero el capitán James Martin Stagg advirtió sobre las pésimas condiciones que tendría el tiempo. Al día siguiente el mundo presenció la mayor muestra de valor en la Segunda Guerra Mundial.

El verdadero héroe del desembarco aliado en Normandía, el 6 de junio de 1944, no fue ninguno de los generales y estrategas de los ejércitos americano, británico, francés y ni siquiera del poderoso ejército soviético que, a esas alturas, ya encaraba su avance firme hacia Berlín y por la cabeza de Hitler.

El héroe de aquel paso fundamental para terminar con el nazismo fue un casi desconocido capitán que se llamó James Martin Stagg, de quien la historia ha guardado un recuerdo, sí, pero escaso. Ni los generales Dwight Eisenhower, George Patton, Omar Bradley, ni el chapucero mariscal británico Bernard Montgomery, ni el almirante Bertrand Ramsay, ni el mariscal del aire Trafford Leigh-Mallory, ni el teniente general Walter Bedell Smith, ni el impulsivo general francés Charles De Gaulle, un tipo difícil de llevar si los hubo, ni siquiera el Primer Ministro británico Winston Churchill, que quiso a toda costa desembarcar con los aliados, podrían llevarse los laureles de la gloria, de no haber sido por el capitán Stagg que, ni comandaba un poderoso cuerpo militar, ni una vital compañía de comandos, ni siquiera un pelotón de avanzada, ni mucho menos una patrulla de observación: era meteorólogo.

Todos estaban muy nerviosos, y el capitán Stagg tenía parte de la culpa. Para cumplir su misión, necesitaba la sutileza del rey Jorge, la furia de Churchill, la decisión de los aliados de invadir Normandía y una suerte que no lo acompañaba. El desembarco debió ser el lunes 5 de junio, y no el 6. Stagg tuvo la culpa de la postergación. Como meteorólogo adscripto a la Real Fuerza Aérea, tenía en sus manos pronosticar el tiempo sobre el canal de la Mancha y sobre las costas francesas el día del desembarco. El tiempo era vital: nubarrones y tormentas impedirían el apoyo aéreo del desembarco y, también, el despliegue de paracaidistas que llegarían al continente a bordo de planeadores en la noche previa, para copar la retaguardia de las líneas alemanas.

Stagg estaba preocupado. El viernes 2 los barcos se habían cargado de soldados para lo que sería la mayor operación de militar de la historia: cinco mil buques de guerra de doce países diferentes, una formidable fuerza aérea europea y americana, más de dos millones de hombres, civiles y militares, dispuestos a invadir el continente y acabar con el nazismo y con la Segunda Guerra. Y todo dependía ahora de unas nubes, de unos vientos y del caprichoso clima del mar del Norte.

Una amenaza semi seria

Eisenhower había pedido a Stagg un pronóstico “consensuado” entre los meteorólogos a sus órdenes, británicos y americanos, ente ellos el coronel D. Yates, un americano que optaba por el optimismo. Era imposible acordar un pronóstico para los siguientes cinco días, como quería Eisenhower: apenas si podían ponerse todos de acuerdo en qué iba a pasar con el tiempo en las siguientes veinticuatro horas.

A las nueve y media de la noche del viernes 3 de junio, Eisenhower, comandante supremo de las fuerzas aliadas, su estado mayor y los jefes británicos recibieron a Stagg con una pregunta: “Bien, Stagg -dijo Eisenhower- ¿qué noticias nos trae esta vez?” Stagg decidió seguir su intuición, lo que le sugerían los informes de las estaciones meteorológicas británicas y contestó: “Las condiciones del clima, desde las islas británicas hasta Terranova, cambiaron considerablemente estos últimos días y no son nada halagüeñas”. Se hizo un silencio impresionante. Eisenhower preguntó si había previsiones para el martes 6 y el miércoles 7. Y Stagg le dijo: “Si las hiciera, serían conjeturas y habría dejado de ser su meteorólogo”. ¿Había que posponer la invasión? Eisenhower no dijo nada. El que habló fue el teniente general sir Frederick Morgan, encargado de planificar la “Operación Overlord”, como se conoció a la invasión: “Stagg, buena suerte con sus pronósticos. Si se cumplen, brindaremos con usted. Si no se cumplen, recuerde que lo vamos a colgar de la primera farola que encontremos por ahí”.

En las primeras horas del sábado 3, las noticias que recibió Stagg confirmaron sus pronósticos. En Irlanda occidental los barómetros habían bajado con brusquedad y los vientos arreciaban. A las nueve y media de la noche, él y el coronel Yates volvieron a presentarse ante Eisenhower y los jefes de la operación. “Caballeros -dijo Stagg- Los temores que mis colegas y yo abrigábamos ayer sobre el tiempo para los próximos tres o cuatro días, se han confirmado”. A su pesar, Eisenhower dispuso postergar el desembarco veinticuatro horas: no sería el 5, sino el 6. Pero debía ser en esos días por varias razones. Se trataba de una operación que se presumía secreta, aunque los nombres de las cinco playas de desembarco -Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword-, habían aparecido en las palabras cruzadas de un popular diario de Londres, en uno de los misterios más inexplicables de la Segunda Guerra.

Los vaivenes del clima

Los aliados presumían que los alemanes no sabían con exactitud dónde sería el desembarco. Y era cierto que no lo sabían con exactitud. Pero la enorme flota cargada de hombres y armas, bloqueada por el tiempo en los puertos británicos, o dando vueltas en alta mar a la espera de la decisión, no podía ser un secreto a mantener por mucho tiempo, sin contar con el perjuicio que semejante encierro podía provocar en las tropas. Cuando Stagg regresó a su tienda de campaña tras escuchar que se suspendía la invasión, no pudo evitar mirar al cielo: estaba despejado, sin una nube, iluminado por el resplandor de las estrellas del verano inminente.

A las cuatro y media de la mañana del domingo 4, en una nueva reunión de los jefes militares, Eisenhower decidió mantener la postergación de la invasión acordada la noche anterior y dio la orden de que regresaran los buques que ya habían partido. A la mañana siguiente, con el cielo despejado y ausencia total de viento, Stagg no sabía cómo mirar a la cara al resto de los oficiales. Pero, más tarde, aparecieron sobre el oeste los primeros nubarrones, empezó a arreciar el viento y Stagg supo que no iba a colgar de una farola.

“Míster Optimismo”

La noche del domingo, todo cambió. A la tarde, Stagg y sus oficiales habían notado que la borrasca que se aproximaba por el Atlántico avanzaba a menor velocidad: por primera vez, el mal tiempo podía permitir la invasión. A las nueve y media de la noche, mientras el viento y la lluvia golpeaban las ventanas de Southwick House, la biblioteca del cuartel general americano que era el sitio de reuniones de la plana mayor, los papeles se habían invertido: Eisenhower y los suyos eran pesimistas y Stagg mantenía una esperanza.

“Por favor, señores, demos la bienvenida a Míster Optimismo”, oyó Stagg que un jefe naval británico decía a sus espaldas cuando entró a la nueva reunión con los mandos. Pero Míster Optimismo sí tenía buenas noticias. “Caballeros -dijo Stagg- desde que presenté el pronóstico meteorológico ayer por la noche, se ha producido una rápida e inesperada evolución en el norte del Atlántico”. Dijo que habría una breve mejoría ese lunes por la tarde. No habría tiempo ideal, pero iba a permitir el desembarco y la cobertura aérea indispensable. Fue entonces cuando Eisenhower dijo las tres grandes palabras de la guerra: “Okey. Vamos allá”. Y la historia cambió para siempre.

A esas horas, Churchill pendiente de los pronósticos en el Atlántico, tenía otra gran tormenta que enfrentar: Charles De Gaulle. Las relaciones entre ambos eran pésimas, fruto también de los recelos del Presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, que despreciaba al gobierno colaboracionista de Vichy, pro nazi, y pensaba en una administración de Francia en manos de Estados Unidos una vez terminada la guerra: un poco el diseño que los aliados iban a establecer en Berlín y que duró casi medio siglo. Para De Gaulle aquello era inaceptable. Para sacarse el drama de los hombros, Churchill había convencido a Roosevelt para que se reuniera con De Gaulle. Pero Roosevelt exigía que la entrevista fuese pedida por el francés: hecha por él, implicaba reconocerlo como verdadero líder de Francia. Que lo era.

Los aliados habían decidido que la administración de los territorios europeos liberados estuviese a cargo del Amgot (Allied Military Government of Occupied Territores. Administración Militar Aliada de los territorios Ocupados). Para De Gaulle, eso implicaba una nueva ocupación militar de su país, esta vez no a manos de los nazis, sino a manos de sus aliados. De Gaulle llegó a sugerir, aunque en forma elíptica, cierta independencia europea del accionar militar americano. Fue la noche del 4 de junio, cuando la suerte de la invasión colgaba de una nube. Churchill estalló: había hecho todos los esfuerzos posibles desde el inicio de la guerra para embarcar en ella a Estados Unidos, y ahora De Gaulle venía con la historia de la acción por separado. El Primer Ministro británico encaró al francés con su peor tono y le dijo: “¡Vamos a liberar a Europa, pero es porque los americanos están con nosotros! Así que esto debe quedar claro: cada vez que tengamos que decidir entre Europa y el mar abierto, elegiremos el mar abierto. ¡Y cada vez que tenga que elegir entre usted y Roosevelt, siempre elegiré a Roosevelt”!

A la hora de la cena, con los ánimos más calmos y con De Gaulle resignado a que las cosas se hicieran al estilo Churchill, brindaron ambos: “¡Por el general De Gaulle, que nunca aceptó la derrota!”, dijo Churchill. Y De Gaulle: “¡Por Gran Bretaña! ¡Por la victoria! ¡Por Europa!”. Eso también es sutileza.

Las dudas de Eisenhower

Si Churchill estaba seguro de la victoria, Eisenhower no lo estaba tanto.

Días antes, le habían advertido que las especiales condiciones de la playa Omaha, sus peñascos escarpados y las fuertes defensas nazis, auguraban una masacre para las tropas aliadas. Eisenhower murmuró: “Lo sé, hijo. Lo sé”. Años después, admitiría que el instante más terrible de su vida había sido la despedida a aquellos hombres, a sabiendas de que enviaba a muchos a la muerte.

Antes que los alemanes, se enteraron de la invasión los miembros de la resistencia francesa que sintonizaban siempre la BBC de Londres, un canal que transmitió mensajes en clave a la Francia ocupada durante toda la guerra. La tarde del cinco de junio, en Francia escucharon al locutor británico decir “Les dés son sur le tapis-La suerte está echada”. Era la clave para que la resistencia empezara a cortar todos los cables e hilos de los telégrafos. Minutos después, legó otra frase clave: “Il fait chaud a Suez-Hace calor en Suez”. Era la orden para atacar y destruir todas las vías de comunicación.

Al amanecer del 6 de junio, las tropas alemanas de Rommel vieron en el horizonte, desde sus bunkers de cemento, la más formidable formación de buques de guerra de la historia. Había llegado el Día D.

Lo que siguió, es historia conocida. O casi.

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