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Los aprendizajes del tiempo de las mascarillas

Por Marcos Buvinic Domingo 2 de Octubre del 2022

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Después de casi dos años y medio en que hemos usado mascarillas -millones y millones de mascarillas-, su uso dejó de ser obligatorio a partir del 1 de octubre; salvo al asistir a cualquier centro de salud, y otros casos en que su uso es recomendable. Se acabó el tiempo de las mascarillas, al menos su uso obligatorio.

Ha sido un tiempo complejo y difícil para todos, para el mundo entero. La tragedia planetaria de la pandemia con millones de muertos, con el dolor de las familias que han perdido algún ser querido, con las dificultades económicas que han afectado a todos, que -como siempre- muestran su rostro más dramático en los más pobres. 

Es importante recoger los aprendizajes que nos deja el tiempo de las mascarillas, pues como dijo el Papa Francisco en su carta “Todos hermanos”: “ojalá que tanto dolor no sea inútil, que demos un salto hacia una forma nueva de vida y descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos unos a otros”. Una buena pista para mirar hacia adelante con esperanza y no quedarse anclados en la “normalidad pandémica”, es revisar lo que cada uno ha aprendido a lo largo del tiempo de las mascarillas, qué es lo que me ha hecho mejor persona, qué es lo que he aprendido de los demás. Ponerles nombre a los aprendizajes y valorarlos es el primer paso para avanzar sin volver a tropezar en la misma piedra.

En la crispación propia de las situaciones desesperadas, como pueden ser las guerras, los desastres naturales, las epidemias, etc., sale a luz lo mejor y lo peor que hay en nosotros, ese tejido de virtudes y pequeñeces que es nuestro propio espíritu, y de lo cual no siempre somos conscientes. 

El tiempo de las mascarillas ha sido una oportunidad para un aprendizaje práctico del bien común que, como todo aprendizaje, significa hacer cambios en la propia manera de pensar, en las conductas y en el modo de relacionarnos. La pandemia ha sido una verificación mundial de la fragilidad humana y de todo lo que el ser humano construye; por eso, es una lección de humildad que nos pone ante nuestra vulnerabilidad, ante el hecho que ni el ser humano ni el dinero son omnipotentes, que la ciencia no logra explicar todos los problemas humanos ni la tecnología consigue solucionarlos; pero también nos pone la pregunta por nuestra responsabilidad, es decir, qué hemos hecho con la tierra, de qué modo hemos construido las relaciones entre los seres humanos, y de qué manera somos responsables -o no lo somos- unos de otros.

En el tiempo de las mascarillas todos hemos podido percibir dos fenómenos: por una parte, el crecimiento de la compasión y solidaridad activa, particularmente con las personas que más padecen ante la crisis; y, por otro lado, el egoísmo e irresponsabilidad de los que han vivido la crisis pandémica sin pensar en los demás y desentendiéndose de cualquier forma de solidaridad o responsabilidad social. Pudimos ser testigos del esforzado y generoso trabajo del personal de la salud; también pudimos ser testigos de maravillosas iniciativas de solidaridad activa que creativamente nacieron en apoyo y ayuda de los que más sufrieron durante la pandemia: comedores solidarios, ollas comunes, campañas de recolección de alimentos, teléfonos solidarios para escuchar y servir, etc. Son expresiones de comunidades cristianas y parroquias, de juntas de vecinos, de agrupaciones sociales y culturales, o de simples vecinos que se ocupan de los que viven cerca. Son hechos que manifiestan que siempre hay lugar para el amor.

Muchos otros aprendizajes se nos han ofrecido en el tiempo de las mascarillas: una nueva valoración del encuentro y diálogo familiar, la riqueza de la amistad y de estar juntos, una nueva valoración de vivir la fe como Iglesia doméstica, el aprendizaje de estar creativamente cerca de quienes perdieron a un ser querido sin poder despedirse. También la valoración del buen uso del celular y las redes sociales, y la maldad de los rumores y noticias falsas; el uso de los medios virtuales que nos han abierto al teletrabajo, a las clases virtuales, a la telecatequesis, a la telemedicina, etc. Muchos de estos aprendizajes han llegado para quedarse.

El tiempo de las mascarillas nos ha hecho presente que nadie se salva solo, que nos necesitamos unos a otros, que el bien común es lo mejor para cada uno y para todos. Este tiempo de las mascarillas nos ha dejado muy claro -aunque no todos parecen verlo- que a la pandemia la mata la solidaridad, y también en esa solidaridad podemos encontrar el camino de salida para las otras crisis que vivimos: crisis social, política y económica. Acoger y cultivar los aprendizajes del tiempo de las mascarillas puede ser una ocasión preciosa para romper los muros de nuestro egoísmo y superficialidad, y entrar en el aprendizaje y práctica de la solidaridad. Ojalá hayamos aprendido que con la compasión y la solidaridad crecemos todos, nadie pierde y todos ganamos, y que ese aprendizaje haya llegado para quedarse.