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  • José Germán Cariñanco Mansilla

Por qué la guerra de Bosnia continúa (aun sin disparos) a 30 años de su comienzo

Por La Prensa Austral Martes 29 de Noviembre del 2022

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Era 1992 cuando finalmente estalló una guerra que se venía gestando desde hacía demasiado tiempo, una guerra que terminó con la disolución de Yugoslavia y la partición de facto de una sociedad multicultural, plural. Todo lo que había sido alguna vez Bosnia Herzegovina fue enterrado, a veces en un sentido metafórico, a veces en un sentido literal, en fosas comunes, en el fondo de un lago o un río.

Murieron cerca de 100 mil personas, incluyendo a las 8.372 víctimas del genocidio de Srebrenica en julio de 1995. A partir de la declaración de independencia bosnia, estalló la guerra más extensa y mortífera en Europa desde la derrota del nazismo, y los más de tres años que duró el sitio de Sarajevo marcaron el asedio más largo de una ciudad capital en la historia de la guerra moderna.

Tres décadas más tarde, ya no hay ejércitos enfrentándose en las calles balcánicas ni masacres ni bombardeos. Y aún así la guerra persiste, aunque transformada. El militar y teórico prusiano Karl von Clausewitz escribió que la guerra es la continuación de la política por otros medios; pero en Bosnia la política es la continuación de la violencia bélica.

La extinta pluralidad bosnia dio paso a una tensa calma en la que ser bosnios cristianos ortodoxos, bosniocroatas católicos y bosníacos musulmanes conviven a duras penas, en un país con tres presidentes simultáneos, uno por cada grupo, y dos entidades nacionales que son prácticamente países distintos.

Tres libros ayudan a entender este caótico clima político, pero también qué fue la guerra en Bosnia y por qué tan poco ha cambiado en los últimos 30 años.

“La piedra permanece”,
de Marc Casals

Marc Casals llegó a Sarajevo casi por accidente, cuando regresaba de Croacia a Bulgaria, en donde vivía desde 2005. Fue una casualidad, como el toparse de sopetón en cualquier calle con esa persona y saber de inmediato que será importante para siempre. Fue un flechazo y desde el primer momento el catalán quedó fascinado.

Hoy, tras más de una década en Bosnia, cuenta que “aunque ya vivía en los Balcanes, hasta entonces sólo sabía de este país lo que la mayoría de mi generación: que había habido una guerra terrible y poco más. Enseguida vi que me encontraba ante un lugar bellísimo, con una realidad identitaria compleja pero también riquísima y con una sutilidad y delicadeza en el trato personal que no había encontrado jamás”.

Con el tiempo, de aquel flechazo inicial surgió “La piedra permanece”. Publicado por Libros del K.O., es una recopilación de 16 semblanzas de personas reales, de amigos que el autor fue haciendo en el camino, con su diversidad y sus historias de vida. Historias personales, de gente normal, de musulmanes, cristianos, judíos a los que les tocó vivir aquellos tempranos años 90 y el quiebre que fueron los primeros disparos. Gente que convivió con la guerra, la muerte, los proyectos, la fe, el olvido, las marcas, los restos, el café, el alcohol, los cigarrillos, la incertidumbre. Estas historias se convierten en un mosaico que no busca condensar la complejidad de un país en menos de 300 páginas, sino todo lo contrario: expandirlo.

Casals explica que “tomando esas historias como el tronco de la narración, el libro va haciendo digresiones de tipo histórico y cultural para dar un cuadro tan vivo y completo como sea posible de Bosnia”. De esta forma, su libro es un relato humano en el que conjugan aspectos históricos y políticos, una forma de acercarse a la guerra y sus consecuencias, pero también a las tradiciones y a la cultura. Una buena manera de alejarse de los estereotipos.

“Bosnia: la guerra
que no nos contaron”,
de Joan Salicrú

Ese es el mismo objetivo que persigue Joan Salicrú, aunque eligió un camino distinto que plasmó en “Bosnia: la guerra que no nos contaron” (Apostroph). “El libro nace como respuesta a la explicación híper sencilla que nos han dado los medios durante 25 años, al presentar esta guerra como un conflicto casi tribal: hay tres tribus en Bosnia que tenían que matarse porque ya se habían matado 50 años antes y ahora les tocaba volver a matarse”, cuenta el productor de documentales ahora devenido escritor.

“Había muchas cosas que no cuadraban en mi mente, en principio porque mucha gente no se identificaba con ninguna de estas adscripciones nacionales: musulmanes, croatas o serbios. Después, porque hay una parte de esta guerra que no tiene que ver con un conflicto interno, sino con un proceso de independización de un territorio y por lo tanto hay una invasión de un ejército extranjero que lo impide”.

Este breve ensayo parte de una tesis fundamental: no había tanta diferenciación al interior de la sociedad bosnia, sino que esas diferencias fueron potenciadas y explotadas a través de una fuerte manipulación y que quienes llevaron adelante esta estrategia fueron las élites nacionalistas de cada bando que pretendían retener poder y recursos.

“Lo que no nos contaron de esta guerra quizás sean testimonios como el de esa chica que tenía 12 años y dice que recién se dio cuenta de qué bando era porque empezó la guerra, salió a jugar y los padres de sus amigos les decían que no jugaran con ella porque era cristiana ortodoxa. Ella misma desconocía su origen étnico porque no eran practicantes en su casa. Lo que nos habían contado es que todos eran distintos, se vivían distintos y todo estaba pautado”, explica Salicrú.

De alguna forma, el libro complementa sus producciones audiovisuales con “Los puentes de Mostar”, de 2008, y “La última cinta desde Bosnia”, de 2021. Tres trabajos en los que el oriundo de Mataró, Cataluña, explora lo que fue su primera guerra, la primera que vio en televisión. En 1996 su ciudad albergó a un grupo de niños bosnios de Mostar y él acogió a uno llamado Zlatko: “Eso propició el contacto personal con niños que eran de la misma edad. Teníamos todos unos 15 años. Para mí, ese fue un punto de no retorno porque me vi reflejado en ellos, pensé que podría ser ellos y ellos podrían ser nosotros. A partir de aquí viajé, leí, escribí. Ese intercambio fue el momento nuclear”.

“El horror”, de Juan Luis Martínez González

Juan Luis Martínez presenta una propuesta completamente alternativa: una novela. Nacido en Castilla-La Mancha, se alistó en 1994 en el ejército español con la intención de participar en las misiones de paz. Desde la inmediata posguerra, en febrero de 1996, y hasta 1998, participó en tres misiones bajo mando de la Otan. Realizó misiones de reconocimiento, escolta de convoyes, supervisión de posiciones militares, control de la retirada de tropas y armamento pesado de las líneas de confrontación en el sureste de Bosnia Herzegovina. Antes de eso, ya tenía interés por la historia de Yugoslavia, particularmente en las luchas partisanas al mando de Josip Broz Tito, líder de la federación socialista desde 1945 y hasta su muerte en 1980.

Para él, escribir “El horror” (publicado por Apostroph) fue un exorcismo, “una forma de sacar de mi interior las impresiones, experiencias, imágenes, paisajes, las conversaciones con la población civil o los soldados. Fue una experiencia que cambió mi vida, mi forma de ver el mundo”. Por eso, cuando dejó el Ejército a finales de 1999, decidió profundizar en el tema de la guerra de Bosnia, leer todo lo que pudiera encontrar y contar a través de la ficción su visión de todo aquello.

Su primera novela es visceral y autodidacta, una ficción que pretende dar una visión caleidoscópica a partir de numerosos personajes (médicos, corresponsales, combatientes, mafiosos, niños), al tiempo que desarrolla la evolución de los dos protagonistas: un profesor de la Universidad de Sarajevo reclutado a la fuerza y una joven bosníaca musulmana atrapada en la ciudad capital durante el asedio. “Trato de dar una visión de conjunto de los sufrimientos de las víctimas a través de la experiencia de estos personajes y crear así en el lector una idea aproximada de un hecho complejo”, dice el autor.

Tres perspectivas distintas, dos puntos
en común

Las tres perspectivas están basadas en experiencias dispares: los años que Casals lleva viviendo en Sarajevo, los trabajos documentales y de investigación de Salicrú, la catarsis de Martínez luego del periplo militar. Y, sin embargo, los autores coinciden en dos puntos en particular.

Por un lado, que los libros hablan de Bosnia, pero no sólo de Bosnia: hablan de una guerra, de una sociedad, del poder, del dolor, de las identidades.

Salicrú se interesa en este último punto en particular, en las gestiones de las identidades y la manipulación de los sentimientos étnicos: “Yo no hago un discurso anti-identidades ni digo que esté mal recuperarlas. Lo que digo es que hay que buscar un punto de equilibrio entre recuperar las identidades y garantizar unos derechos de ciudadanía, que en Bosnia no se hizo. Lo que pasó allí está lleno de enseñanzas que sirvan para toda Europa en la medida que nos alertan de lo delicado que es tratar con los sentimientos identitarios, que son algo muy íntimo y que con una pequeña chispa puede encender un incendio brutal”.

El libro de Casals está concebido para un lector no interesado particularmente en Bosnia, porque se sostiene a partir de las historias personales: “Todos conectamos con una historia que tenga fuerza y cuyo protagonista nos resulte interesante. Cada conflicto tiene sus propias singularidades, pero también hay rasgos comunes entre ellos, así que creo que el lector familiarizado con otros conflictos encontrará situaciones y dinámicas que ya conoce, aunque matizadas por la historia, la cultura y la mentalidad bosnias.”

Por su parte, Martínez entiende que su novela, al estar centrada en acciones bélicas, como combates urbanos y asedios, pero también en dramas personales y la lucha por la supervivencia de las víctimas civiles, podría contribuir a una comprensión general de las guerras modernas, “especialmente a conflictos donde existe un fuerte componente nacionalista, cuestiones étnicas o religiosas, irredentismo o mitos nacionales utilizados como excusa por los dirigentes para lograr o mantener el poder político y económico”.

El segundo punto de coincidencia es que, a 30 años de su comienzo, la guerra en Bosnia no ha terminado: se detuvieron los disparos, pero no se construyó la paz. Antes de la guerra, no era necesario tender puentes para unir a la sociedad porque no existían cauces que la separasen. Pero hoy, la división y la fractura aparecen más expuestas que nunca, lo que convierte a Bosnia, en palabras de Marc Casals, en “un país en permanente cuestionamiento”.

Los acuerdos de paz formalizaron las ganancias territoriales logradas por la acción militar y los desplazamientos masivos de población. El resultado fue de homogeneidad étnica. Martínez destaca que muchos de los problemas estructurales no se han resuelto: la propaganda, la corrupción, la dependencia económica, la falta de inversiones o la imparable emigración de jóvenes. Y por otro lado, dice Salicrú, hoy existe una educación diferenciada en las escuelas con programas distintos en función de la etnia y relatos distintos de lo que ocurrió en los 90. No existe una narrativa nacional unificada.

Bosnia no pudo volver atrás, a los tiempos de crisol multicultural y respeto, cuando las diferencias religiosas no eran más que una pintoresca curiosidad. Estos tres libros son, entonces, despedidas a lo que ya no es, pero también cartas de amor a un pueblo único, tan lejano como irresistible. Y la esperanza (quizás ingenua, quizás forzada, ¿y qué?) de que algún día la guerra termine.

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