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El estafador que vendió la Torre Eiffel, engañó al mafioso Al Capone y creó los “10 mandamientos” del fraude perfecto

Martes 21 de Febrero del 2023

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Hay personas que descubren su vocación bien temprano en la vida y Víctor Lustig fue una de ellas. Hijo del alcalde de una importante ciudad del Imperio Austrohúngaro, inteligente y sociable, dueño de una educación refinada que le permitía hablar varios idiomas con fluidez, pudo haber elegido cualquier profesión o, como deseaba su padre, entrar en la carrera diplomática, pero apenas terminados los estudios secundarios Víctor ya tenía claro qué quería hacer: vivir sin trabajar.

Para lograrlo, sin embargo, se tomó su trabajo, el de convertirse en uno de los estafadores más hábiles del mundo, capaz de vender la Torre Eiffel no una sino dos veces, de capturar ambiciosos incautos con una máquina que supuestamente fabricaba dinero y que en sus primeras doce horas de funcionamiento realmente entregaba billetes de verdad, de falsificar dólares en serio y hasta de estafar al temible Al Capone con una jugada simple que le permitió sacarle cinco mil dólares de un saque y sin correr ningún riesgo.

Se hizo pasar por conde y se movió por Europa y los Estados Unidos con 47 identidades diferentes. Aunque al final terminó en la cárcel, incluso detrás de las rejas se mostró feliz de haber vivido como había elegido y se dio el lujo de escribir un libro para legarle a la humanidad sus diez mandamientos para hacer una estafa exitosa.

De la escuela
a los cruceros

Víctor Lustig nació el 4 de enero de 1890 en Hostinné, la ciudad en la que su padre era alcalde. Era hijo único y la familia tenía para él grandes planes. Su padre soñaba con que fuera diplomático y por eso, apenas tuvo edad, lo envío a estudiar a Francia y Alemania, donde el joven Víctor conoció un mundo que no había imaginado.

Muchos de sus compañeros de colegio eran hijos de aristócratas y para no ser menos se presentaba con un distinguido “Von” antes de su apellido. La primera estafa de Lustig fue convertirse en Víctor Von Lustig.

Además de aprender francés, inglés, alemán e italiano, mientras estudiaba descubrió otras materias que le parecieron provechosas. Jugando con sus compañeros se volvió un hábil jugador de póker y de bridge. Apostaba los fondos que le enviaba su padre desde Hostinné y podía ganar o perder, hasta que descubrió que el azar podía ser ingrato y que requería que lo ayudara con trampas.

No era un tramposo burdo, sabía perder varias manos para entusiasmar a sus adversarios y después dar vuelta la cosa en una sola jugada. Esa fue su segunda y repetida estafa.

Se quedó en el oeste europeo como el Conde Von Lustig, un rico heredero austrohúngaro que conservó los buenos contactos que había hecho en el colegio y que le permitieron moverse en los círculos de la aristocracia y la alta burguesía europea.

Invertía su dinero comprando pasajes en los cruceros que recorrían las costas de Europa o en los transatlánticos que iban a Nueva York. Siempre en primera clase, donde aprovechando el obligado ocio de la navegación, jugaba al póker con los otros pasajeros.

“Tenía un rostro algo tosco, pero su elegante porte y sus maneras refinadas hacían que esa primera impresión careciera de importancia. Hablaba inglés, alemán, francés e italiano, y tenía una cultura exquisita. Pertenecía -o eso creyeron muchos- a la nobleza europea”, dicen sus biógrafos James F. Johnson y Floyd Miller, en “El hombre que vendió la Torre Eiffel”.

Unas veces les ganaba y otras fingía perder. Los invitaba a cenar y a tomar champagne, agasajaba a sus mujeres, y sólo al final del viaje, cuando se había ganado su confianza, los desplumaba.

Ese “trabajo” le duró un par de años, hasta que lo identificaron como un jugador profesional considerado persona no grata por las compañías de navegación de lujo.

Un banco estafado

Debió buscar otros rumbos e idear otras estafas. A principios de la década del ‘20 consiguió a bajo precio dos bonos falsos de 25.000 dólares y se presentó con ellos en una pequeña sucursal de un banco de Kansas, donde ofreció dejarlos como garantía de un préstamo de 10.000 dólares para comprar una casa. Se los dieron.

En la casa central del banco descubrieron que los papeles eran bonos falsificados que no garantizaban nada, pero cuando fueron a buscar al Conde Von Lustig, como se había presentado, el hombre había desaparecido de los lugares que solía frecuentar.

El banco contrató a una agencia de detectives, que demoró dos meses en encontrarlo. Creyeron que lo tenían en sus manos, que recuperarían el dinero -o por lo menos parte del monto- y que podrían encerrarlo en la cárcel.

Lustig contraatacó con una jugada desconcertante. Les dijo que, bueno, no tenía escapatoria, pero que si lo detenían el caso tendría difusión y todos los clientes sabrían que los había estafado. Un banco, les dijo, debía dar una imagen de seguridad y, si la estafa se hacía pública, perdería a buena parte de su clientela.

Negoció su libertad y quedarse con los diez mil dólares a cambio de su silencio. El banco aceptó y Lustig se embarcó rumbo a Francia, donde concretaría una nueva estafa.

La máquina de
hacer dinero

Corría 1924 cuando llegó a la capital francesa. Allí buscó un buen mecánico para que construyera un artilugio que había ideado: una máquina que fabricaba dinero. Era un aparato donde se ponía papel y salían billetes de cien dólares, copiando los auténticos, pero con un mecanismo de tiempo: sólo imprimía un billete cada seis horas.

La estafa era sencilla. Aprovechando lo que demoraba la máquina en, supuestamente, hacer cada copia, Lustig metía adentro, delante del papel en blanco, tres billetes de cien dólares. Esa era toda su inversión y alcanzaba para que los potenciales compradores se convencieran.

Efectivamente, a las seis horas, salía el primer billete de cien, y a las doce horas el segundo. Ese tiempo bastaba para hacer la operación. Vendió la máquina por 30.000 dólares a un grupo de compradores que decidieron hacer la inversión, aunque por la lentitud de la máquina demoraran en recuperarla.

Una vez vendido, el artilugio demoro otras seis horas en “producir” el siguiente billete y, efectivamente, salió otro de cien, que era el último verdadero que Lustig había puesto adentro. Después empezó a “escupir” papel en blanco… eso sí, uno cada seis horas.

Cuando los inversores estafados fueron a buscarlo, Lustig se había esfumado.

La Torre Eiffel,
dos veces

Volvió a París un año después, con otra identidad y el plan para una nueva estafa. En los medios se polemizaba sobre los costos de mantenimiento de la monumental Torre Eiffel, construida para la Exposición Mundial de 1889 y considerada en un principio provisoria, porque debían desmontarla en 1909 para trasladarla a otro lugar.

Lustig se hizo pasar por un alto funcionario del Ministerio de Correos y Telégrafos y empezó negociaciones secretas con seis empresarios a quienes les dijo que la idea del gobierno parisino era vender los hierros de la torre como chatarra.

Mostró documentación falsificada y organizó una “excursión” en limusina para llevarlos a la torre en una visita de inspección. De los seis empresarios, cayó sólo uno, pero con eso a Lustig le bastaba.

André Poisson era, indudablemente un hombre ingenuo, y además no tenía conexiones con el gobierno de la ciudad para hacer averiguaciones. La esposa del empresario no era tan ingenua y quiso convencer a su marido para que no participara de la operación.

Para hacer frente a la sospecha, Lustig organizó otra reunión y entonces “confesó”: como un ministro del gobierno, les dijo, no ganaba suficiente como para mantener el estilo de vida que deseaba, por lo que le resultaba necesario encontrar una manera de complementar sus ingresos. Esto significaba que sus negocios necesitaban un cierto margen de discrecionalidad.

Poisson entendió que estaba frente a un funcionario corrupto del gobierno que quería un soborno. Y lo creyó. Le entregó una valija llena de dinero en efectivo a Lustig y al cómplice que se hacía pasar por su secretario privado, el estafador franco americano Robert Arthur Tourbillon, también conocido como Dan Collins.

Una hora después, con la valija en sus manos, los dos abordaron un tren con destino a Viena. Poisson no hizo la denuncia policial por dos razones: no quería ser el hazmerreír de todos por su ingenuidad y, además, temía ser procesado por haber participado de una supuesta operación ilegal.

Lustig y Collins intentaron “vender” nuevamente la Torre Eiffel a otro empresario un mes después. Esta vez el hombre sospechó y los denunció a la policía. Cuando hicieron la cita para que el “comprador” les entregara el dinero sospecharon que algo no estaba funcionando bien y pudieron escapar.

Lustig se embarcó, con otra identidad, rumbo a los Estados Unidos.

Engañando
a Al Capone

No se sabe cómo Lustig llegó a conocer a Al Capone, pero sí cómo lo engañó, aunque no se puede decir que lo que hizo fue una estafa.

Fue el propio estafador quien contó la historia cuando estaba en la cárcel. Según su versión, convenció al capo mafioso de hacer una inversión legítima de 50.000 dólares que daría buenos beneficios y Capone le entregó el dinero.

Lustig no hizo nada con los billetes y ni siquiera se fue de Chicago. Guardó el dinero en una caja de seguridad, lo retiró dos meses después y se lo devolvió a Capone diciéndole que el negocio había fracasado pero que quería darle la suma intacta, aunque él hubiera tenido pérdidas.

El mafioso más poderoso de los Estados Unidos quedó admirado por la honestidad de Lustig -que no se había presentado con ese nombre- y le regaló 5.000 dólares de los 50.000 para compensarle las supuestas pérdidas que había tenido.

Lustig se reía cuando contaba la historia en la cárcel.

Dos fracasos
seguidos

Porque después del episodio de Capone, las estafas de Lustig empezaron a fallar y cayó dos veces entre rejas.

En 1929 volvió a Europa y se instaló en París con una identidad ficticia que le permitía presentarse como un rico banquero norteamericano. Pensaba vender bonos estadounidenses falsos, pero en julio de ese año la policía lo descubrió y lo detuvo.

Sobornó a un carcelero, cambió de identidad y pudo embarcarse nuevamente a los Estados Unidos, donde intentó una nueva estafa. Esta vez se radicó en Nebraska y se asocio con un químico llamado Tom Shaw, a quien convenció en hacer placas para fabricar dólares falsos.

Mientras Shaw hacía los billetes, Lustig organizó una red de distribución que hizo circular una cantidad incalculable de billetes falsos por todo el país. Algunos de los distribuidores fueron capturados, pero el gran estafador se mantuvo impune durante casi cinco años porque había armado la red de manera tal que nadie supiera quién era ni dónde estaba.

Lo capturaron la tarde del 10 de mayo de 1935 por una denuncia anónima. En realidad, Lustig había cometido un grave error: engañar a su pareja, Billy May, con la amante de Shaw, una chica más joven llamada Marie. Billy May no pudo soportar el engaño y lo entregó.

Entre las pertenencias de Lustig, la policía encontró la llave de un armario de la estación de Times Square y, cuando los investigadores la abrieron, descubrieron 51.000 dólares falsos y las placas con que los habían fabricado.

El día del juicio, Lustig pudo escabullirse del edificio de la Cámara Federal de Detención de la Ciudad de Nueva York, pero lo recapturaron un mes más tarde.

El jurado lo condenó a veinte años de prisión en la cárcel de máxima seguridad de la isla de Alcatraz, en California, la famosa “Roca” de la que nadie podía escapar.

Los diez mandamientos

En la cárcel, Lustig pasó el tiempo contando las historias de sus estafas e incluso escribió los que llamó “los diez mandamientos del estafador”:

– Escuchar a los otros con paciencia.

– No mostrarles nunca aburrimiento.

– Esperar a que la otra persona revele sus opiniones políticas y a continuación mostrarse de acuerdo con ellas.

– Dejar que la otra persona muestre sus opiniones religiosas y a continuación mostrar las mismas opiniones.

– Hacer una mención del sexo, pero no hacer más alusiones a ello salvo que la otra persona muestre un fuerte interés por eso.

– No hablar nunca de enfermedades, a no ser que la otra persona muestre interés por el asunto.

– Nunca husmear en la vida privada de la otra persona (ya te hablará él de eso con el tiempo).

– Nunca presumir. Deja que tu importancia sea obvia para tu interlocutor.

– No ser desordenado.

– No emborracharse nunca.

Víctor Lustig murió de neumonía el 9 de marzo de 1947 en el Centro Médico Federal para los reclusos en Springfield, Misuri.

En su certificado de defunción, en la casilla ocupación, figuraba como “aprendiz de vendedor”.

Infobae