Necrológicas

¡Hasta siempre, Totó…!

Por Jorge Abasolo Lunes 7 de Diciembre del 2020

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Creo que fue el gran escritor norteamericano Mark Twain quien escribió una vez: “Puedes recoger a un perro que ande muerto de hambre, le das de comer y -de seguro- jamás te morderá. Esa es la diferencia más notable entre un perro y un hombre”.

No es casualidad que toda cita o referencia al perro hace mención a su lealtad incondicional. Su hidalguía no sabe de relativismos.

Llegó a casa fortuitamente, como buscando un alero que se transformara en destino. Supo ser dócil y bravo, conforme a la sugerencia de la circunstancia.

Su estadía junto a nosotros fue grata, y tal vez por eso ahora sólo parecen instantes. El destino nos cruzó sin quererlo, como si un siglo se redujese a unos momentos. Le bastó una cabriola simpática y una mirada demasiado transparente para hacernos pensar: “es de los nuestros”.

Traigo esto a colación porque el 26 de noviembre recién pasado dejó de existir en Angol, nuestro querido Totó, un perro que no tenía mayores títulos y status que su propia existencia, ajena al boato, a la estridencia y al qué dirán, lacras tan ominosamente humanas.

Totó llegó a nuestra casa ya de adulto. Sus antiguos dueños lo abandonaron y desde entonces se dedicó a vagar…a buscar comida y recuperar los afectos perdidos. Junto a mi hermana María Teresa le dimos cobijo y al poco tiempo ya era de la familia. 

 Se adaptó con facilidad. Era hijo del rigor y se tuteaba con la adversidad.

Un incidente fortuito lo llevó a dejar esta tierra, víctima de una súbita enfermedad que ni el veterinario pudo determinar.

Nos dejó imborrables recuerdos, que -hoy amargos- con el transcurso del tiempo se convertirán en nostalgias colindantes con la alegría. 

Llamó la atención de nosotros su comportamiento, con un sentido de ubicación que ya se lo quisieran muchos otros perros…y otros tantos humanos.

Totó se manejaba con recursos auténticos y su congénito rechazo a la rutina le hacía divagar frecuentemente al interior de la casa. Cuando ésta le quedaba estrecha, solía ir al patio y solazarse en el pasto… para después volver como si nada.

No es fácil provocar una secreción de optimismo en estos convulsos tiempos, pero Totó lo logró con la espontaneidad propia del perro que fue.

Algunos de esos dolores de cabeza y accesos de rabia que nos hizo pasar, hoy los recordamos con un mohín de asentimiento y ternura. Simplemente sonreímos al recordar las “gracias del Totó”, incapaz de proceder de mala manera, ajeno a la maledicencia y genuino en todo su proceder.

Nuestro querido perro representó el sentir del can callejero, ese que al menor gesto de cariño, salta y brinca como si tuviera dueño.

Duele constatar que muchos de estos perros tan sólo piden cariño… y hay que gente que se lo niega.

 En varias ocasiones le traje más de un regalo. Como respuesta, él atinaba a mover la cola. Cuando llegaba con las manos vacías, me recibía siempre de la misma forma.

Francamente no sé si los perros se van al cielo, pero cuando muera me gustaría ir adonde ellos van.

(Dedicado a nuestro querido Totó. Más que un perro…un integrante más de la familia)